Baile de máscaras [The Losers]

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Artículo perteneciente al número 3 de la revista cultural Oveja Negra: Pulsar aquí para ver la revista completa

¡Queridas ovejillas de este redil llamado España! Una vez más nos ponemos manos a la obra para abordar nuestro fatigoso camino por el conocimiento y arrojar algo de luz sobre las sombras que cubren nuestro pasado. Sí, otra vez, vamos a hablar de filosofía, esa disciplina que cuando mencionas a qué te dedicas, suele acompañarse con un: “pero ¿inglesa o hispánica?” Y es que la filosofía en este país se encuentra humillada y despreciada, hasta el punto de convertirse en un eco que lucha por no ser olvido. Ya no sólo la filosofía, sino todo el conocimiento y la educación en general, están siendo prostituidas a modo de oferta de 3×2 de cualquier superficie comercial.

Por eso, si nuestra temática para este número son los grandes perdedores, la filosofía como tal no se escapa a este criterio. Pero vayamos al meollo de la cuestión que el espacio apremia. Me piden que os hable de unos cuantos perdedores pero son muchos los pensadores que podrían entrar en esta lista de perdedores u olvidados por muy diversos motivos (han sido ignorados, perseguidos, encarcelados, apaleados, torturados, exiliados, envenenados, asesinados,… algunos se volvieron locos, otros se suicidaron y alguno que otro no conoció mujer, ¡eh Kant!). Sin embargo, tan sólo su enumeración sería tan amplia que ocuparía toda la extensión de la que dispongo y ya tengo a la oveja-jefe respirándome en la nuca. Así que sin más dilación voy a induciros un calmante en vena y hablaros de algún caso particular (claramente van a ser los que a mí me han dado la gana, pues lo mismo daría estos que cualesquiera otros).

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Manipulación genética, nuevo horizonte ético

El genoma humano

En contraposición a la perspectiva de la futilidad de la vida, actualmente, la tecnociencia, a través de la ingeniería genética, ha conseguido dar una esperanza que se transforma en la posibilidad de transcendencia, mediante la prolongación de la vida, ¿es posible alcanzar el sueño, largo tiempo deseado por la humanidad, de la inmortalidad? Pero, ¿quién, anteriormente, necesitó adoptar una posición sobre la duración deseada y elegible de la vida? Esto conlleva muchas preguntas y cuestiones morales, referidas, sobre todo, al modo de proceder. Hans Jonas lo expone así en su obra:

“Más hoy en día los progresos alcanzados en el campo de la citología apuntan a la posibilidad de contrarrestar en la práctica los procesos bioquímicos de envejecimiento y de aumentar así la duración de la vida humana y, quizás, de prolongarla por un espacio de tiempo indefinido. La muerte no aparece ya como algo necesario, consustancial a la naturaleza de los seres vivos, sino como un fallo orgánico evitable o, en cualquier caso, tratable en principio y aplazable por largo tiempo. […] Estas cuestiones atañen nada menos que al sentido mismo de nuestra finitud, a nuestra actitud frente a la muerte y al significado biológico general del balance de muerte y procreación. […] preguntas relativas a quién deberá tener acceso a esta supuesta bendición: ¿Personajes de particular valía y mérito?, ¿de prominencia e importancia social?, ¿aquellos que puedan costeárselo?, ¿todos? La última pregunta podría parecernos la única justa. Pero para ello tendríamos que pagar en el extremo opuesto, en el origen. Pues es claro que, a escala de grandes poblaciones, el precio que es preciso pagar por la prolongación de la vida es una disminución proporcional en las opciones de nuevas vidas a la existencia. La consecuencia sería un descenso proporcional de la juventud y un aumento de la población de edad avanzada.” (Hans Jonas, El principio de responsabilidad, p.50.)

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Humo es todo lo que queda

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A Leopoldo María Panero

Mi alma insaciable busca
en la interminable soledad
de una hoja en blanco,
el salvaje silencio que aúlla
desde el lugar más inhóspito
de mi cerebro desolado.

Abstracto el verso que resurge
del corazón en la mano
del poeta muerto en la acera,
porque sus palabras olvidadas
se perderán en la nada
de su íntima locura.

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Ese maldito yo (selección)

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Yo soy diferente de todas mis sensaciones. No logro comprender cómo. No logro ni siquiera comprender quién las experimenta. Y por cierto, ¿quién es ese yo del comienzo de mi proposición?

Soy un cobarde, no puedo soportar el sufrimiento de ser feliz.

Para calar a alguien, para conocerlo realmente, me basta ver cómo reacciona a estas palabras de Keats. Si no comprende inmediatamente, inútil continuar.

Cuanto más avance el hombre, menos encontrará a qué convertirse.

Kandinsky afirma que el amarillo es el color de la vida. Se comprende ahora por qué ese color hace tanto daño a los ojos.

Se aprende más en una noche en vela que en un año de sueño. Lo cual equivale a decir que una paliza es mucho más instructiva que una siesta.

¡Si supieran los hijos que no he querido tener la felicidad que me deben!

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El valeroso pez

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Hace tiempo existió un pequeño pez que pasaba todo el día nadando en su pecera. Un día sus dueños quedaron desconsolados al ver al pequeño e indefenso animal tirado en el suelo, inmóvil. Toda la familia lloraba de tristeza. Todos, menos el más anciano de ellos. Sus lágrimas no eran de tristeza, sino de admiración, al observar el poder y el valor que aquel insignificante animal había demostrado tener al escoger su propio destino. Y ahí, se quedó fascinado, observando a ese diminuto maestro, ahora inerte, pero al fin libre.

Fuente: La radio de Arena

Bloch, Freud y la melancolía

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Ernst Bloch, en Principio esperanza, analiza la prodigalidad y abundancia de placeres, en un estrato de la gran burguesía, como el origen de ese tedio existencial propio de la saciedad. Así, el placer constituye la esencia material de la melancolía, y se expresa en un dramático “no puedo moverme ni descansar, no puedo vivir y tampoco morir. […] la melancolía es así conciencia del vacío existencial, de despojamiento inesperado. En Duelo y melancolía, Freud analiza esta apatía o hundimiento del ser que la padece, y la explica por la identificación narcisista operada entre el sujeto amante y el objeto amado. Pero, en realidad, la melancolía nace de la donación que implica todo acto de amor, pérdida de sí mismo que se manifiesta realmente con la desaparición, la muerte o, simplemente, el abandono de la persona amada. Por ello, perder a la persona amada despierta la conciencia del vacío existencial, del desamparo en que nos hunde el ser que nos deja, y caemos en la melancolía. Freud, que no tiene una teoría del amor y sí del deseo amoroso, llega a concluir que la melancolía nace de la identificación con el otro que convierte el propio yo en objeto que se desprecia. De esta forma, la relación entre sujeto amante y objeto amado es mera posesión objetual, sin realizarles la donación recíproca o simultaneidad armoniosa de conciencias. La melancolía aparece, según Freud, a consecuencia de una autoposesión fantasmagórica del objeto sexual perdido. Esta melancolía lleva inconscientemente al menosprecio, a la humillación de sí, y puede hasta convertirse en odio contra el propio ser que la sufre. Descubre Freud que se siente placer en este autocastigo, en el rebajamiento de su condición humana y el tormento placentero de condenarse puede llevar a la muerte.

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Heidegger, el Dasein y sus posibilidades

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El pensamiento de Heidegger se ve urgido por la crisis de fin de siglo, que se expresa como el agotamiento de la historia de la metafísica, además asociándose a la crisis de sentido que experimenta Occidente. La falta de sentido según Heidegger, como podemos ver en Ser y Tiempo (1927), procede de que en nuestro tiempo se ha cerrado la posibilidad de preguntar, auténtica y radicalmente, por el sentido del ser. Se ha olvidado la pregunta en tanto que pregunta por el ser, como pregunta abierta. Al cancelarse la pregunta como tal pregunta, se ha destinado a Occidente a la pérdida de sentido. Por tanto, la pretensión de Heidegger es reabrir de nuevo la pregunta por el sentido del ser, aspirar a una reformulación de la pregunta por el ser, que es la pregunta filosófica por excelencia. Heidegger expone que la distinción, que Aristóteles usa como respuesta, entre sustancia y accidente, es la que lleva a asentar un camino que ahora se agota, que nos lleva a la renuncia del verdadero sentido de preguntar; y este olvido de la apertura originaria conduce al agotamiento final que vive ahora Occidente como la crisis del sentido, del nihilismo. Por ello plantea la urgencia de abrir de nuevo la pregunta, asumiendo que sin ella no cabe sentido alguno; en el mero plantearla nos va la posibilidad de sentido, del sentido de nuestra existencia o de nuestro ser. Así, Heidegger toma como punto de partida una relación abierta entre el ser y el ente que se pregunta por el ser; esta apertura que liga y separa al hombre. Este retorno de Heidegger a la pregunta ontológica no es un retorno al pensamiento moderno, sino que es una vuelta al origen mismo del pensar, desmontando toda subjetividad.

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