Nietzsche, el filósofo enmascarado

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Friedrich Wilhelm Nietzsche (1844 – 1900) es uno de los mayores pensadores contemporáneos que ha concebido Occidente. Es considerado uno de los tres Maestros de la sospecha junto a Karl Marx y Sigmund Freud, según el apelativo utilizado por Ricoeur. Además podemos añadir que es un filósofo poeta que nos atrae con el esplendor de su estilo, que nos seduce y cautiva con una fascinante estética, pero sin duda, lo más importante es que la esencia de su carácter filosófico está oculto bajo máscaras. Nietzsche pone de manifiesto la sospecha de que el camino recorrido por la humanidad, principalmente en los últimos dos mil años, ha sido un camino errado, que, ahora, el hombre se encuentra perdido. Por ello es necesario una vuelta atrás, replantearse todo aquello que es considerado como bueno y verdadero. Nietzsche representa una crítica extrema a la religión, a la moral y, sobre todo, a los cimientos del conocimiento humano, considerados como filosofía y ciencia. Hegel creía que se podía concebir la historia de la humanidad como un proceso evolutivo del espíritu, donde épocas anteriores tienen valor propio con resultados positivos para la evolución histórica de occidente. Por el contrario, Nietzsche opta por una repulsión del pasado, un rechazo a los convencionalismos y a toda tradición que nos impulsa necesariamente a una postura radical de vuelta atrás. Por ello, un factor de gran importancia en la filosofía nietzscheana, no es sólo su lucha contra la moral y la religión tradicionales, sino su crítica total a toda la cultura, en palabras de E. Fink: la ataca con una pasión desmedida, con un odio desenfrenado y una amarga ironía.

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¿Es posible decir o pensar ‘somos cerebros en una cubeta’?

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En el primer capítulo de Razón, Verdad e Historia, Hilary Putnam plantea un argumento antiescéptico. Comienza con un caso dado, donde una hormiga conforme avanza por la arena va dejando un rastro en la arena, y por puro azar, ese rastro se asemeja a una reconocida caricatura de Winston Churchill. Putnam pretende analizar la relación entre el rastro dejado por la hormiga y el personaje histórico. Se pregunta si la hormiga ha trazado un dibujo que representa a Churchill. Cualquier persona, sin reflexionar demasiado, llegaría a la conclusión de que no es así, pues la hormiga nunca ha visto a Churchill, ni tampoco tenía la intención de representarlo. Simplemente trazó una línea que nosotros interpretamos como un retrato de Churchill. Podemos decir que la línea no representa por sí misma. La semejanza ni es condición suficiente ni necesaria para que alguna cosa represente a otra. Si continuamos con el caso de la hormiga, y suponemos ahora que la hormiga (que conoce a Churchill y tiene la inteligencia y la habilidad para dibujar el retrato del mismo) realiza la caricatura intencionalmente, entonces, si que habría representación. Por lo tanto se concluye que lo que se necesita principalmente para la representación es la intención. Pero para tener la intención de que algo represente a Churchill, se debe ser capaz de pensar en Churchill como mínimo, y la hormiga no tiene esa capacidad y por lo tanto tampoco la intención. Si las líneas en la arena, los ruidos, las formas, etc., no pueden representar nada en sí mismos, ¿cómo es que pueden hacerlo las formas del pensamiento?; ¿cómo puede el pensamiento alcanzar y captar lo que es externo?

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David Hume

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David Hume nació en Edimburgo (Escocia) en 1711 en el seno de una familia de la pequeña nobleza escocesa. Se quedó huérfano de padre con tan solo dos años, como hijo menor de tres hermanos tenía escasas opciones de futuro. Por influencia de su familia estudió Leyes en la Universidad de Edimburgo, pero desde el principio su vocación fue para la ‘literatura’ en el sentido más amplio del término. Su vocación unida a la escasez de medios de los que disponía hizo que su carrera como escritor fuera ardua en sus comienzos en los que trataba de buscar la atención y el reconocimiento entres los lectores. Antes de ello trató de iniciarse en el comercio y estuvo un año en Brístol trabajando para un comerciante.

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Pedro Abelardo

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“La figura de Pedro Abelardo vuelve a recuperar hoy el perfil exacto que tuvo en su tiempo. Desenterrado del olvido por el romanticismo sentimental, que hizo de él uno de los grandes amantes, su figura aparece hoy como uno de los grandes humanistas, pensadores, dialécticos y teólogos del siglo XII, […] Plenamente inmerso en su siglo, lo rebasa y lo hace avanzar, dándonos la imagen del intelectual, el humanista, el teólogo original e independiente. La imagen romántica de Abelardo va dando paso a la del intelectual provocador e innovador incómodo, lógico sutil y maestro lúcido, siempre en la palestra de las ideas.”[1]

Pedro Abelardo nació en un pueblo llamado Le Pallet, en el ducado de la actual Bretaña francesa. Nacido en el seno de una familia de guerreros, su padre Berengario, quiso que sus hijos siguieran sus pasos. Sin embargo Abelardo, aficionado desde joven al estudio renunció a una vida militar. En palabras de Abelardo[2]: “abandoné el campo de Marte para ser arrastrado hacia los seguidores de Minerva. Y antepuse la armadura de las razones dialécticas a todo otro tipo de argumentación filosófica. Con estas armas cambié las demás cosas, prefiriendo los conflictos de las disputas a los trofeos de las guerras”.

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Platón – El banquete (extracto)

Este texto forma parte de El banquete de Platón, concretamente al discurso de Aristófanes. En este fragmento se expone la curiosa teoría de los andróginos, también conocido como ‘el mito del andrógino’:

“primero, es preciso que conozcan la naturaleza humana y las modificaciones que ha sufrido, ya que nuestra antigua naturaleza no era la misma de ahora, sino diferente. 

En primer lugar, tres eran los sexos de las personas, no dos, como ahora, masculino y femenino, sino que había, además, un tercero que participaba de estos dos, cuyo nombre sobrevive todavía, aunque él mismo ha desaparecido. El andrógino, en efecto, era entonces una cosa sola en cuanto a forma y nombre, que participaba de uno y de otro, de lo masculino y de lo femenino, pero que ahora no es sino un nombre que yace en la ignominia.

En segundo lugar, la forma de cada persona era redonda en totalidad, con la espalda y los costados en forma de círculo. Tenía cuatro manos, mismo número de pies que de manos y dos rostros perfectamente iguales sobre un cuello circular. Y sobre estos dos rostros, situados en direcciones opuestas, una sola cabeza, y además cuatro orejas, dos órganos sexuales, y todo lo demás como uno puede imaginarse a tenor de lo dicho. 

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Aristóteles

Aristóteles nació en el año 384 a.C. en Estagira, en la península Calcídica, perteneciente entonces al Reino de Macedonia. Proviene de una arraigada tradición médica, pues sus padres procedían ambos de familias de médicos. Su padre, Nicómaco, fue médico del rey Amintas III de Macedonia, y abuelo de Alejandro Magno, este hecho explica su relación con la corte real de Macedonia, que tendría una importante influencia en su vida. Es de suponer, aunque carecemos de datos expresos al respecto, que Nicómaco llevaría consigo a Aristóteles a Pella, a la corte de Macedonia donde éste pasaría parte de su infancia y su primera juventud, este hecho podría haber hecho entablar amistad con Filipo, hijo de Amintas y futuro rey de Macedonia, ambos muchachos eran de la misma edad. El oficio de su padre, puede que influyera de alguna manera en los intereses intelectuales de Aristóteles, que ya de temprana edad, mostró un especial interés por la observación de la naturaleza, los procesos biológicos; y un afán por conocer y clasificar especies de vegetales y animales.

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Platón

Platón fue discípulo de Sócrates, y fue un gran filósofo griego y posiblemente de todos los tiempos. Nace en el 427 a.C. y muere, a la edad de ochenta años, en el 347 a.C. Es ateniense y de muy buena familia; su padre se llamaba Aristón (hacía remontar su ascendencia hasta Codro, último rey de Atenas) y su madre Perictione (Περικτιόνη) hermana de Cármides y sobrina de Critias, dos personajes que figuraron entre los oligarcas en 404-402, estaba emparentada con Solón. Es sabido que originariamente se llamaba Aristocles, y que sólo después se le dio el nombre de Platón, aludiendo a su robusta espalda.

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