¿Es posible ser un cerebro en una cubeta?

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Ya Putnam aseguraba que ser un cerebro en una cubeta es físicamente posible, pero, ¿es consistente esta hipótesis? Tobies Grimaltos para tratar esta cuestión empieza citando un argumento antiescéptico de Quine (‘The Nature of Natural Knowledge’): ‘en un mundo de sense-data inmediatos, sin cuerpos postulados…, una distinción entre realidad e ilusión no tendría lugar’. Partimos de la premisa de que sólo en un mundo donde haya objetos físicos puede haber ilusiones. Grimaltos considera este argumento de tipo trascendental, pero se opone en parte a él debido a que el argumento da un salto desde el concepto al objeto, desde la posibilidad a la existencia, desde lo mental a lo físico. Cree que lo único que se conseguía con el argumento era mostrar que, para que el concepto ‘ilusión’ tenga sentido, ha de tenerlo el concepto ‘objeto físico’.

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¿Es posible decir o pensar ‘somos cerebros en una cubeta’?

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En el primer capítulo de Razón, Verdad e Historia, Hilary Putnam plantea un argumento antiescéptico. Comienza con un caso dado, donde una hormiga conforme avanza por la arena va dejando un rastro en la arena, y por puro azar, ese rastro se asemeja a una reconocida caricatura de Winston Churchill. Putnam pretende analizar la relación entre el rastro dejado por la hormiga y el personaje histórico. Se pregunta si la hormiga ha trazado un dibujo que representa a Churchill. Cualquier persona, sin reflexionar demasiado, llegaría a la conclusión de que no es así, pues la hormiga nunca ha visto a Churchill, ni tampoco tenía la intención de representarlo. Simplemente trazó una línea que nosotros interpretamos como un retrato de Churchill. Podemos decir que la línea no representa por sí misma. La semejanza ni es condición suficiente ni necesaria para que alguna cosa represente a otra. Si continuamos con el caso de la hormiga, y suponemos ahora que la hormiga (que conoce a Churchill y tiene la inteligencia y la habilidad para dibujar el retrato del mismo) realiza la caricatura intencionalmente, entonces, si que habría representación. Por lo tanto se concluye que lo que se necesita principalmente para la representación es la intención. Pero para tener la intención de que algo represente a Churchill, se debe ser capaz de pensar en Churchill como mínimo, y la hormiga no tiene esa capacidad y por lo tanto tampoco la intención. Si las líneas en la arena, los ruidos, las formas, etc., no pueden representar nada en sí mismos, ¿cómo es que pueden hacerlo las formas del pensamiento?; ¿cómo puede el pensamiento alcanzar y captar lo que es externo?

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La gran hipótesis (escéptica)

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El escepticismo, en un contexto filosófico, es una corriente basada en la duda, es la negativa a asegurar que exista algún conocimiento (creencia verdadera justificada) seguro. Se pueden encontrar distintos rangos de escepticismo, moderado o radical. Al igual que encontramos un escepticismo práctico[1] y un escepticismo teórico[2]. Tiene su origen en la Grecia clásica, sobre todo con la figura de Pirrón de Elis, considerado como el primer filósofo escéptico. Posteriormente, circa 200 d.C., el escepticismo perdura gracias a Sexto Empírico, autor de ‘Esbozos pirrónicos’, quien, ya en el Renacimiento, influye notablemente en Montaigne (considerado el creador del género ensayístico) y su obra ‘Apología de Raimundo Sabunde’. El escepticismo es la base para el nacimiento de la epistemología y la filosofía moderna, de la mano de Descartes. De esta manera, llegamos a Descartes que presenta la hipótesis del genio maligno (expuesta en las ‘Meditaciones metafísicas’), que es el recurso argumentativo en el que culmina la duda metódica. Esta hipótesis supone el ejemplo de escepticismo más radical. La hipótesis expone que un Dios (o Genio maligno) nos ha creado y nos obliga a engañarnos continuamente, que nos ha sido concedida una naturaleza en la que creemos estar en la verdad cuando realmente estamos en el error. Se cuestiona así todo el mundo externo a nosotros, sólo se puede estar seguro de que se percibe una realidad, por lo tanto yo, como ente pensante, existo. Es la única certeza que podemos tener como indubitable.

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