Manipulación genética, nuevo horizonte ético

El genoma humano

En contraposición a la perspectiva de la futilidad de la vida, actualmente, la tecnociencia, a través de la ingeniería genética, ha conseguido dar una esperanza que se transforma en la posibilidad de transcendencia, mediante la prolongación de la vida, ¿es posible alcanzar el sueño, largo tiempo deseado por la humanidad, de la inmortalidad? Pero, ¿quién, anteriormente, necesitó adoptar una posición sobre la duración deseada y elegible de la vida? Esto conlleva muchas preguntas y cuestiones morales, referidas, sobre todo, al modo de proceder. Hans Jonas lo expone así en su obra:

“Más hoy en día los progresos alcanzados en el campo de la citología apuntan a la posibilidad de contrarrestar en la práctica los procesos bioquímicos de envejecimiento y de aumentar así la duración de la vida humana y, quizás, de prolongarla por un espacio de tiempo indefinido. La muerte no aparece ya como algo necesario, consustancial a la naturaleza de los seres vivos, sino como un fallo orgánico evitable o, en cualquier caso, tratable en principio y aplazable por largo tiempo. […] Estas cuestiones atañen nada menos que al sentido mismo de nuestra finitud, a nuestra actitud frente a la muerte y al significado biológico general del balance de muerte y procreación. […] preguntas relativas a quién deberá tener acceso a esta supuesta bendición: ¿Personajes de particular valía y mérito?, ¿de prominencia e importancia social?, ¿aquellos que puedan costeárselo?, ¿todos? La última pregunta podría parecernos la única justa. Pero para ello tendríamos que pagar en el extremo opuesto, en el origen. Pues es claro que, a escala de grandes poblaciones, el precio que es preciso pagar por la prolongación de la vida es una disminución proporcional en las opciones de nuevas vidas a la existencia. La consecuencia sería un descenso proporcional de la juventud y un aumento de la población de edad avanzada.” (Hans Jonas, El principio de responsabilidad, p.50.)

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