Manipulación genética, nuevo horizonte ético

El genoma humano

En contraposición a la perspectiva de la futilidad de la vida, actualmente, la tecnociencia, a través de la ingeniería genética, ha conseguido dar una esperanza que se transforma en la posibilidad de transcendencia, mediante la prolongación de la vida, ¿es posible alcanzar el sueño, largo tiempo deseado por la humanidad, de la inmortalidad? Pero, ¿quién, anteriormente, necesitó adoptar una posición sobre la duración deseada y elegible de la vida? Esto conlleva muchas preguntas y cuestiones morales, referidas, sobre todo, al modo de proceder. Hans Jonas lo expone así en su obra:

“Más hoy en día los progresos alcanzados en el campo de la citología apuntan a la posibilidad de contrarrestar en la práctica los procesos bioquímicos de envejecimiento y de aumentar así la duración de la vida humana y, quizás, de prolongarla por un espacio de tiempo indefinido. La muerte no aparece ya como algo necesario, consustancial a la naturaleza de los seres vivos, sino como un fallo orgánico evitable o, en cualquier caso, tratable en principio y aplazable por largo tiempo. […] Estas cuestiones atañen nada menos que al sentido mismo de nuestra finitud, a nuestra actitud frente a la muerte y al significado biológico general del balance de muerte y procreación. […] preguntas relativas a quién deberá tener acceso a esta supuesta bendición: ¿Personajes de particular valía y mérito?, ¿de prominencia e importancia social?, ¿aquellos que puedan costeárselo?, ¿todos? La última pregunta podría parecernos la única justa. Pero para ello tendríamos que pagar en el extremo opuesto, en el origen. Pues es claro que, a escala de grandes poblaciones, el precio que es preciso pagar por la prolongación de la vida es una disminución proporcional en las opciones de nuevas vidas a la existencia. La consecuencia sería un descenso proporcional de la juventud y un aumento de la población de edad avanzada.” (Hans Jonas, El principio de responsabilidad, p.50.)

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Aristóteles y el fatalismo

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Aristóteles en su obra Sobre la Interpretación, concretamente en el epígrafe noveno, La oposición de los futuros contingentes, comienza asegurando que cuando hablamos de las “cosas que son y que fueron”, es decir, aquello perteneciente a los hechos pasados y presentes, es  – dice Aristóteles –  “necesario que o la afirmación o la negación sea verdadera o falsa”. Con esta afirmación, Aristóteles, pone de manifiesto el principio del tercio excluso (PTE), en la que la disyunción de una proposición y su negación tiene que ser siempre verdadera. Pero, además, advierte que tanto para los hechos presentes como para los pasados, una vez sucedidos, parecen inalterables y por ello, la necesidad de su verdad o falsedad debe ser única e inmutable. Dicho de otro modo, cuando se trata de hechos, ya sean presentes o pasados, no existe ningún tipo de posibilidad – como podría ocurrir con respecto al futuro – sino que hay una adecuación o no entre lo que afirmamos o negamos y los hechos. Esta adecuación o correspondencia es lo que consideraríamos como verdad. Podemos recurrir a un ejemplo para aclarar la cuestión, si decimos “Ayer estuvo lloviendo” u “Hoy está lloviendo” será verdadero afirmarlo si los hechos corresponden con lo afirmado. En este sentido, el hecho o acontecimiento funciona como un hacedor de verdad o verificador de la proposición.

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Problemática del Viaje en el Tiempo Unidimensional

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Cientos son los ejemplos que pueblan la literatura, el cine y la filosofía sobre la posibilidad de viajar en el tiempo. Algunos de ellos más coherentes y consistentes que otros. Pero, realmente, ¿es posible viajar en el tiempo? Actualmente, no cabe duda de que el viaje en el tiempo es tanto una posibilidad lógica como física. Aunque no existen evidencias experimentales del viaje en el tiempo, existen importantes razones teóricas[1] para considerarlo absolutamente posible. Si bien no cuestionaré la posibilidad de viajar en el tiempo, sí voy a centrar mi atención en los argumentos utilizados por David Lewis en su artículo Las paradojas del viaje en el tiempo[2], con el firme propósito de mostrar incoherencias que hacen, a mi parecer, la argumentación de Lewis inconsistente. Para ello me ayudaré de ideas, situaciones y recursos utilizados en diversas obras consideradas de ciencia ficción.

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¿Qué es el tiempo?

El paso del tiempo

¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé (Quid est ergo tempus? Si nemo ex me quaerat, scio; si quaerenti explicare velim, nescio). Lo que afirmo sin vacilación es que sé que, si nada hubiera sucedido, no habría tiempo pasado; y si nada fuera a ocurrir, no habría tiempo futuro; y si nada existiese, no habría tiempo presente. Pero aquellos dos tiempos, el pretérito y el futuro, ¿cómo pueden ser, si el pretérito ya no es, y el futuro todavía no es? En cuanto al presente, si fuese siempre presente y no pasase a ser pretérito, ya no sería tiempo, sino eternidad. Si, pues, el presente, para ser tiempo, es necesario que pase a ser pretérito, ¿cómo es que decimos que existe, si la causa de que sea es que dejará de ser, de modo que no podemos decir con verdad que existe el tiempo, sino en cuanto tiende a no ser?

Agustín de Hipona – ‘Confesiones