Manipulación genética, nuevo horizonte ético

El genoma humano

En contraposición a la perspectiva de la futilidad de la vida, actualmente, la tecnociencia, a través de la ingeniería genética, ha conseguido dar una esperanza que se transforma en la posibilidad de transcendencia, mediante la prolongación de la vida, ¿es posible alcanzar el sueño, largo tiempo deseado por la humanidad, de la inmortalidad? Pero, ¿quién, anteriormente, necesitó adoptar una posición sobre la duración deseada y elegible de la vida? Esto conlleva muchas preguntas y cuestiones morales, referidas, sobre todo, al modo de proceder. Hans Jonas lo expone así en su obra:

“Más hoy en día los progresos alcanzados en el campo de la citología apuntan a la posibilidad de contrarrestar en la práctica los procesos bioquímicos de envejecimiento y de aumentar así la duración de la vida humana y, quizás, de prolongarla por un espacio de tiempo indefinido. La muerte no aparece ya como algo necesario, consustancial a la naturaleza de los seres vivos, sino como un fallo orgánico evitable o, en cualquier caso, tratable en principio y aplazable por largo tiempo. […] Estas cuestiones atañen nada menos que al sentido mismo de nuestra finitud, a nuestra actitud frente a la muerte y al significado biológico general del balance de muerte y procreación. […] preguntas relativas a quién deberá tener acceso a esta supuesta bendición: ¿Personajes de particular valía y mérito?, ¿de prominencia e importancia social?, ¿aquellos que puedan costeárselo?, ¿todos? La última pregunta podría parecernos la única justa. Pero para ello tendríamos que pagar en el extremo opuesto, en el origen. Pues es claro que, a escala de grandes poblaciones, el precio que es preciso pagar por la prolongación de la vida es una disminución proporcional en las opciones de nuevas vidas a la existencia. La consecuencia sería un descenso proporcional de la juventud y un aumento de la población de edad avanzada.” (Hans Jonas, El principio de responsabilidad, p.50.)

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Conciencia dormida

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Para percibir la voz de nuestra conciencia debemos ser capaces de escucharnos a nosotros mismos, y es esto precisamente lo que más difícil le resulta a la mayoría de la gente en nuestra cultura. Prestamos atención a cualquier voz y a cualquier persona, pero no a nosotros mismos. Constantemente nos hallamos expuestos a las opiniones e ideas que martillean sobre nosotros desde todas partes: las películas, los periódicos, la radio, la charla. Si hubiésemos planeado intencionalmente impedirnos el prestar atención a nosotros mismos no lo podríamos haber hecho mejor.
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Pedro Abelardo

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“La figura de Pedro Abelardo vuelve a recuperar hoy el perfil exacto que tuvo en su tiempo. Desenterrado del olvido por el romanticismo sentimental, que hizo de él uno de los grandes amantes, su figura aparece hoy como uno de los grandes humanistas, pensadores, dialécticos y teólogos del siglo XII, […] Plenamente inmerso en su siglo, lo rebasa y lo hace avanzar, dándonos la imagen del intelectual, el humanista, el teólogo original e independiente. La imagen romántica de Abelardo va dando paso a la del intelectual provocador e innovador incómodo, lógico sutil y maestro lúcido, siempre en la palestra de las ideas.”[1]

Pedro Abelardo nació en un pueblo llamado Le Pallet, en el ducado de la actual Bretaña francesa. Nacido en el seno de una familia de guerreros, su padre Berengario, quiso que sus hijos siguieran sus pasos. Sin embargo Abelardo, aficionado desde joven al estudio renunció a una vida militar. En palabras de Abelardo[2]: “abandoné el campo de Marte para ser arrastrado hacia los seguidores de Minerva. Y antepuse la armadura de las razones dialécticas a todo otro tipo de argumentación filosófica. Con estas armas cambié las demás cosas, prefiriendo los conflictos de las disputas a los trofeos de las guerras”.

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Aristóteles

Aristóteles nació en el año 384 a.C. en Estagira, en la península Calcídica, perteneciente entonces al Reino de Macedonia. Proviene de una arraigada tradición médica, pues sus padres procedían ambos de familias de médicos. Su padre, Nicómaco, fue médico del rey Amintas III de Macedonia, y abuelo de Alejandro Magno, este hecho explica su relación con la corte real de Macedonia, que tendría una importante influencia en su vida. Es de suponer, aunque carecemos de datos expresos al respecto, que Nicómaco llevaría consigo a Aristóteles a Pella, a la corte de Macedonia donde éste pasaría parte de su infancia y su primera juventud, este hecho podría haber hecho entablar amistad con Filipo, hijo de Amintas y futuro rey de Macedonia, ambos muchachos eran de la misma edad. El oficio de su padre, puede que influyera de alguna manera en los intereses intelectuales de Aristóteles, que ya de temprana edad, mostró un especial interés por la observación de la naturaleza, los procesos biológicos; y un afán por conocer y clasificar especies de vegetales y animales.

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