El arte paleolítico como obra de arte total

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¿Cuál es el origen del arte? ¿Qué lo motivó? Para responder estas preguntas hay que viajar a los confines de la tierra pues su origen se pierde en las tinieblas del tiempo. Concretamente, debemos llegar hasta el Paleolítico, período de la historia del hombre que es anterior a la invención de la agricultura, la domesticación de los animales y el descubrimiento del uso de los metales. En esa época la vida para el ser humano no era nada sencilla, pues no era capaz de producir su propio alimento y para su subsistencia dependía exclusivamente de la caza y la recolección. Esto favoreció un complicado modo de vida nómada que, sin embargo, resultó ser suficientemente estable durante más de dos millones de años. En lo que respecta al surgimiento del arte, éste no ha tenido un desarrollo tan prolongado, pues únicamente conocemos la existencia del arte a partir de la última etapa del Paleolítico, la Superior. El Paleolítico Superior se caracteriza por los cambios tecnológicos, es decir, el desarrollo de las herramientas y utensilios de hueso y pedernal que se produjeron hace unos 40.000 años y que motivaron, principalmente en la zona europea durante el último periodo glaciar, el nacimiento del arte.

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El “yo culpable” del artista

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¡Qué penetrantes son los atardeceres de otoño! ¡Ay! ¡Penetrantes hasta el dolor! Pues hay en él ciertas emociones agradables, no por ambiguas menos intensas; y no hay punta más acerada que la de lo infinito.

¡Gran placer el de ahogar la mirada en lo inmenso del cielo y del mar! ¡Soledad, silencio, castidad incomparable de lo azul! Una vela pequeña, temblorosa en el horizonte, imitadora, en su pequeñez y aislamiento, de mi existencia irremediable, melodía monótona de la marejada, todo eso que piensa por mí, o yo por ello -ya que en la grandeza de la divagación el yo presto se pierde-; piensa, digo, pero musical y pintorescamente, sin sutilezas, ni silogismos, ni deducciones.

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Epicureísmo: una forma de vida

Epicuro compró una casa con un pequeño terreno a las afueras de la ciudad de Atenas que denominó el ‘Jardín’ (kêpos). El Jardín era en realidad un huerto, un lugar ameno donde conversar y tener recreativas vivencias. En la escuela se elaboraban los escritos que luego se publicarían, poseía una biblioteca que constituía la parte esencial de la escuela. El Jardín proporcionaba un retiro para la vida intelectual de ese círculo de amigos y discípulos que giraba en torno a la figura de su maestro Epicuro. En esta escuela se admitían personas de todas las clases sociales, incluso mujeres, algo insólito para para una escuela filosófica, pero sobre todo algo más sorprendente es que se admitían esclavos. El sistema filosófico de Epicuro no constituyó un eclecticismo intelectual, sino una auténtica actitud personal que era la respuesta práctica a experiencias que buscaban el camino para alcanzar la felicidad y la confianza en los hombres.

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