Ékfrasis; escisión entre la poesía y la pintura

“La pintura es poesía muda;
la poesía pintura ciega.”
(Leonardo Da Vinci)

Tras la sencilla definición de ékfrasis, descripción verbal de una obra visual, se esconde todo un complejo sistema de interrelaciones entre distintas artes. La ékfrasis puede darse tanto en prosa como en verso, pues puede ser un poema, o ser el pasaje de una novela o cuento, o ser utilizada explícitamente para un ensayo de crítica de arte. Dado el carácter del lugar de su utilización no es necesaria que la obra a la que se hace referencia, mediante la ékfrasis, exista en el mundo real. Podemos ver como en la crítica de arte, sí es necesario que ésta se refiera a una obra existente la cual se quiere tratar, pues ésta sólo tiene sentido en la medida en que se basa en el análisis formal de un objeto real. Sin embargo, la literatura a lo largo de la historia ha sido una fecunda fuente para la descripción de obras de arte, tanto reales como imaginarias, tanto escultóricas como pictóricas. La ékfrasis literaria se basa en una idea preconcebida de la obra de arte, de la imagen que se tiene del artista o de los lugares comunes de la obra. En este sentido, la mirada del artista que realiza la ékfrasis cobra un doble sentido, el de creador y el de intérprete, pues “el objeto plástico se convierte en tantos textos como miradas se fijen en él. Y es que, en el acto mismo de describir, el poeta o novelista selecciona, reorganiza, jerarquiza; resignifica”1.

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El arte paleolítico como obra de arte total

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¿Cuál es el origen del arte? ¿Qué lo motivó? Para responder estas preguntas hay que viajar a los confines de la tierra pues su origen se pierde en las tinieblas del tiempo. Concretamente, debemos llegar hasta el Paleolítico, período de la historia del hombre que es anterior a la invención de la agricultura, la domesticación de los animales y el descubrimiento del uso de los metales. En esa época la vida para el ser humano no era nada sencilla, pues no era capaz de producir su propio alimento y para su subsistencia dependía exclusivamente de la caza y la recolección. Esto favoreció un complicado modo de vida nómada que, sin embargo, resultó ser suficientemente estable durante más de dos millones de años. En lo que respecta al surgimiento del arte, éste no ha tenido un desarrollo tan prolongado, pues únicamente conocemos la existencia del arte a partir de la última etapa del Paleolítico, la Superior. El Paleolítico Superior se caracteriza por los cambios tecnológicos, es decir, el desarrollo de las herramientas y utensilios de hueso y pedernal que se produjeron hace unos 40.000 años y que motivaron, principalmente en la zona europea durante el último periodo glaciar, el nacimiento del arte.

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El nacimiento de “lo fantástico” y la exploración subjetiva

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La literatura fantástica, como tal, no nace hasta mediados del siglo XVIII, debemos tener en cuenta que esta literatura surge como contraposición a la literatura realista, además de la incansable búsqueda de un objetivismo totalizador por parte de la ciencia. No podríamos hablar de literatura fantástica si no existiera como precedente la literatura realista. Por ello, no es de extrañar que Maupassant, uno de los mayores representantes de la literatura fantástica, tuviera como gran mentor a Flaubert, un extraordinario representante del realismo literario. En los comienzos del siglo XIX encontramos un auge de la literatura realista y, como consecuencia el desarrollo de nuevos géneros, como el relato maravilloso o el relato fantástico. La mayoría de los expertos advierten que un aspecto indispensable para la literatura fantástica es su carácter sobrenatural e inexplicable. De hecho, en uno de los cuentos de Maupassant,  La mano, el protagonista utiliza como sinónimos, fantástico, sobrenatural e inexplicable, para adjetivar la historia. Sin embargo, no debemos utilizar este aspecto como totalizador de toda literatura fantástica, pues es un rasgo presente en diversa heterogeneidad de géneros. Como bien señala Alberto Manguel:

Las historias de fantasmas han existido siempre, los lectores escépticos no”.

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El Don Juan del conocimiento

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Lo que importa no es la vida eterna, sino la vitalidad eterna.

Kant vive con el conocimiento como quien vive con la esposa; duerme con él, durante cuarenta años, en el mis­mo lecho espiritual y, con él, engendra toda una genera­ción alemana de sistemas filosóficos, cuyos descendien­tes viven aún entre nosotros en nuestro mundo burgués. Sus relaciones con la verdad son de un orden puramente monogámico, así como lo son para todos sus hijos inte­lectuales: Schiller, Fichte, Hegel y Schopenhauer; lo que los arrastra hacia la filosofía es una voluntad de orden; una voluntad muy alemana, objetiva, profesional, para disciplinar el espíritu; en modo alguno demoníaca, sino, al contrario, una voluntad que tiende hacia una sistematización del destino. Sienten el amor a la verdad como un amor hondo, duradero y fiel. Pero ese sentimiento está desprovisto enteramente de erotismo y del deseo de con­sumir, de dominar, ya a uno mismo, ya a otros; sienten la verdad, su verdad, como una esposa o bien propio del que no han de separarse hasta la hora de la muerte y al que han de ser siempre fieles. Pero en estas relaciones hay algo que huele a doméstico, a casero, y, efectivamen­te, cada uno de ellos se ha edificado su casa, es decir, su sistema filosófico, para albergar a su amada. Y trabajan con mano maestra el campo de su espíritu, con arado y rastrillo, ese campo que les pertenece y que han con­quistado para la humanidad, arrancándolo de la confusión del caos. Cautelosamente van poniendo, cada vez más lejos, los mojones que marcan el límite de sus conocimientos desde el seno de la cultura de su época, y sa­ben aumentar, con su sudor y su trabajo, la cosecha intelectual.

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Melancolía

Este es un cuadro de Edvard Munch realizado en 1894 y que se titula ‘Melancolía’.

La obra de Munch está englobada dentro del género expresionista, en el cual el concepto subjetivismo es el protagonista rompiendo con los cánones clásicos. La vida del artista influye notablemente en su obra, su vida rodeada de enfermedad, muerte y soledad recorren cada centímetro de su obra. La muerte de su madre cuando él tenía 5 años, la de su hermana Sofía de 15 años o la muerte de su padre, del cual no pudo despedirse, es algo que dejará secuelas en su obra indudablemente.

En el cuadro observamos a un individuo en estado pensativo, pero que además consta de todos los aspectos melancólicos: personaje cabizbajo con la mirada perdida, ensimismado y absorto en pensamientos muy profundos. Está ausente de todo lo que le rodea y reflexionando posiblemente sobre sí mismo o sobre su mundo, o simplemente en un estado pesimista por la demoledora verdad sobre la insignificancia del hombre frente al cosmos. Su indumentaria es negra, acentuando la idea de sobriedad y soledad que tanto tuvo que sufrir Munch a lo largo de su vida. El personaje está alejado y aislado del resto de personajes que aparecen a lo lejos en el fondo de la obra.

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