El llanto

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Cada lágrima enseña
a los mortales una verdad.
Platón

El llanto no limpiará las heridas,
ni la carcoma acartonada anidada en nuestro cuerpo.

El llanto no cubrirá más los surcos de nuestra desnudez inmemorial,
de nuestra incapacidad de amar el vacío.

El llanto no curará la dualidad originaria de la naturaleza de la nada
que reduce lo infinito a finito —lo metafísico a fenoménico—
en la perpetua tensión que deja abierta la grieta de la existencia.
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El hombre que creía ser humo

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Entre el ser y el no ser la oscuridad contonea
su figura en un universo sin gravedad.
Una nebulosa de luz, blanco sobre negro,
dibuja con sus dedos el código de su creación.

Él creía ser humo. Él sabía que lo era.
No humo sabiéndose ser humano,
sino ser humano sabiéndose humo.

La combustión de sus nervios recorre sus falanges
dejando en suspensión diminutas partículas,
de sus clavículas brotan alas invisibles, opacas cenizas
olvidan el rostro incandescente del ser que les dio la vida
precipitándose al vacío como bombas incendiarias.
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Regreso al origen

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Hoy nadie puede apagar la duda
que arde dentro de todos los insectos
que uno a uno se adentran
furtivamente en las entrañas de la bestia.

Hoy nadie puede silenciar el grito
que olvida la última palabra brotada
del tallo ancestral que baña las arenas
del reloj que tirita al borde del mundo.

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Eyacular la vida

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Una ciudad cualquiera. Una noche lluviosa cualquiera. El crepitar furibundo de la lluvia golpea incesantemente la ventana de la habitación. En ella, ajenos a la ciudad, a la noche, a la lluvia y a su destino, dos jóvenes amantes…

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Me encuentro, te encuentro

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Diseño gráfico: José Antonio Sánchez
Texto: Alejandro Ballester

El infinito es eterno.
Tú y yo, efímeros.
Sin embargo,
¿por qué cuando te miro
sólo veo la eternidad?.

Perdido en el centro del cosmos me hallo, un instante efímero que trata de escribir una historia en blanco, su historia. En mi mano está cada palabra que se escribe. Aún cuando tejo mi destino, un fatídico juego se cierne sobre mí, dado a la seducción de los pensamientos, pensado para la excitación de los sentidos. De todos los confines del universo, desde el momento eterno en el que todo era uno, y del que todo empezó hace millones y millones de años. Somos polvo de estrellas, formados por partículas que han viajado por el espacio-tiempo para dar lugar a dos mitades que forman un todo. Un hecho improbable destinado a repetirse una y otra vez. Sigue leyendo

Conciencia dormida

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Para percibir la voz de nuestra conciencia debemos ser capaces de escucharnos a nosotros mismos, y es esto precisamente lo que más difícil le resulta a la mayoría de la gente en nuestra cultura. Prestamos atención a cualquier voz y a cualquier persona, pero no a nosotros mismos. Constantemente nos hallamos expuestos a las opiniones e ideas que martillean sobre nosotros desde todas partes: las películas, los periódicos, la radio, la charla. Si hubiésemos planeado intencionalmente impedirnos el prestar atención a nosotros mismos no lo podríamos haber hecho mejor.
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Aristóteles y el fatalismo

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Aristóteles en su obra Sobre la Interpretación, concretamente en el epígrafe noveno, La oposición de los futuros contingentes, comienza asegurando que cuando hablamos de las “cosas que son y que fueron”, es decir, aquello perteneciente a los hechos pasados y presentes, es  – dice Aristóteles –  “necesario que o la afirmación o la negación sea verdadera o falsa”. Con esta afirmación, Aristóteles, pone de manifiesto el principio del tercio excluso (PTE), en la que la disyunción de una proposición y su negación tiene que ser siempre verdadera. Pero, además, advierte que tanto para los hechos presentes como para los pasados, una vez sucedidos, parecen inalterables y por ello, la necesidad de su verdad o falsedad debe ser única e inmutable. Dicho de otro modo, cuando se trata de hechos, ya sean presentes o pasados, no existe ningún tipo de posibilidad – como podría ocurrir con respecto al futuro – sino que hay una adecuación o no entre lo que afirmamos o negamos y los hechos. Esta adecuación o correspondencia es lo que consideraríamos como verdad. Podemos recurrir a un ejemplo para aclarar la cuestión, si decimos “Ayer estuvo lloviendo” u “Hoy está lloviendo” será verdadero afirmarlo si los hechos corresponden con lo afirmado. En este sentido, el hecho o acontecimiento funciona como un hacedor de verdad o verificador de la proposición.

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