Eyacular la vida

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Una ciudad cualquiera. Una noche lluviosa cualquiera. El crepitar furibundo de la lluvia golpea incesantemente la ventana de la habitación. En ella, ajenos a la ciudad, a la noche, a la lluvia y a su destino, dos jóvenes amantes…

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Me encuentro, te encuentro

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Diseño gráfico: José Antonio Sánchez
Texto: Alejandro Ballester

El infinito es eterno.
Tú y yo, efímeros.
Sin embargo,
¿por qué cuando te miro
sólo veo la eternidad?.

Perdido en el centro del cosmos me hallo, un instante efímero que trata de escribir una historia en blanco, su historia. En mi mano está cada palabra que se escribe. Aún cuando tejo mi destino, un fatídico juego se cierne sobre mí, dado a la seducción de los pensamientos, pensado para la excitación de los sentidos. De todos los confines del universo, desde el momento eterno en el que todo era uno, y del que todo empezó hace millones y millones de años. Somos polvo de estrellas, formados por partículas que han viajado por el espacio-tiempo para dar lugar a dos mitades que forman un todo. Un hecho improbable destinado a repetirse una y otra vez. Sigue leyendo

Conciencia dormida

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Para percibir la voz de nuestra conciencia debemos ser capaces de escucharnos a nosotros mismos, y es esto precisamente lo que más difícil le resulta a la mayoría de la gente en nuestra cultura. Prestamos atención a cualquier voz y a cualquier persona, pero no a nosotros mismos. Constantemente nos hallamos expuestos a las opiniones e ideas que martillean sobre nosotros desde todas partes: las películas, los periódicos, la radio, la charla. Si hubiésemos planeado intencionalmente impedirnos el prestar atención a nosotros mismos no lo podríamos haber hecho mejor.
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Aristóteles y el fatalismo

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Aristóteles en su obra Sobre la Interpretación, concretamente en el epígrafe noveno, La oposición de los futuros contingentes, comienza asegurando que cuando hablamos de las “cosas que son y que fueron”, es decir, aquello perteneciente a los hechos pasados y presentes, es  – dice Aristóteles –  “necesario que o la afirmación o la negación sea verdadera o falsa”. Con esta afirmación, Aristóteles, pone de manifiesto el principio del tercio excluso (PTE), en la que la disyunción de una proposición y su negación tiene que ser siempre verdadera. Pero, además, advierte que tanto para los hechos presentes como para los pasados, una vez sucedidos, parecen inalterables y por ello, la necesidad de su verdad o falsedad debe ser única e inmutable. Dicho de otro modo, cuando se trata de hechos, ya sean presentes o pasados, no existe ningún tipo de posibilidad – como podría ocurrir con respecto al futuro – sino que hay una adecuación o no entre lo que afirmamos o negamos y los hechos. Esta adecuación o correspondencia es lo que consideraríamos como verdad. Podemos recurrir a un ejemplo para aclarar la cuestión, si decimos “Ayer estuvo lloviendo” u “Hoy está lloviendo” será verdadero afirmarlo si los hechos corresponden con lo afirmado. En este sentido, el hecho o acontecimiento funciona como un hacedor de verdad o verificador de la proposición.

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Nietzsche, el filósofo enmascarado

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Friedrich Wilhelm Nietzsche (1844 – 1900) es uno de los mayores pensadores contemporáneos que ha concebido Occidente. Es considerado uno de los tres Maestros de la sospecha junto a Karl Marx y Sigmund Freud, según el apelativo utilizado por Ricoeur. Además podemos añadir que es un filósofo poeta que nos atrae con el esplendor de su estilo, que nos seduce y cautiva con una fascinante estética, pero sin duda, lo más importante es que la esencia de su carácter filosófico está oculto bajo máscaras. Nietzsche pone de manifiesto la sospecha de que el camino recorrido por la humanidad, principalmente en los últimos dos mil años, ha sido un camino errado, que, ahora, el hombre se encuentra perdido. Por ello es necesario una vuelta atrás, replantearse todo aquello que es considerado como bueno y verdadero. Nietzsche representa una crítica extrema a la religión, a la moral y, sobre todo, a los cimientos del conocimiento humano, considerados como filosofía y ciencia. Hegel creía que se podía concebir la historia de la humanidad como un proceso evolutivo del espíritu, donde épocas anteriores tienen valor propio con resultados positivos para la evolución histórica de occidente. Por el contrario, Nietzsche opta por una repulsión del pasado, un rechazo a los convencionalismos y a toda tradición que nos impulsa necesariamente a una postura radical de vuelta atrás. Por ello, un factor de gran importancia en la filosofía nietzscheana, no es sólo su lucha contra la moral y la religión tradicionales, sino su crítica total a toda la cultura, en palabras de E. Fink: la ataca con una pasión desmedida, con un odio desenfrenado y una amarga ironía.

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Problemática del Viaje en el Tiempo Unidimensional

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Cientos son los ejemplos que pueblan la literatura, el cine y la filosofía sobre la posibilidad de viajar en el tiempo. Algunos de ellos más coherentes y consistentes que otros. Pero, realmente, ¿es posible viajar en el tiempo? Actualmente, no cabe duda de que el viaje en el tiempo es tanto una posibilidad lógica como física. Aunque no existen evidencias experimentales del viaje en el tiempo, existen importantes razones teóricas[1] para considerarlo absolutamente posible. Si bien no cuestionaré la posibilidad de viajar en el tiempo, sí voy a centrar mi atención en los argumentos utilizados por David Lewis en su artículo Las paradojas del viaje en el tiempo[2], con el firme propósito de mostrar incoherencias que hacen, a mi parecer, la argumentación de Lewis inconsistente. Para ello me ayudaré de ideas, situaciones y recursos utilizados en diversas obras consideradas de ciencia ficción.

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Heidegger, el Dasein y sus posibilidades

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El pensamiento de Heidegger se ve urgido por la crisis de fin de siglo, que se expresa como el agotamiento de la historia de la metafísica, además asociándose a la crisis de sentido que experimenta Occidente. La falta de sentido según Heidegger, como podemos ver en Ser y Tiempo (1927), procede de que en nuestro tiempo se ha cerrado la posibilidad de preguntar, auténtica y radicalmente, por el sentido del ser. Se ha olvidado la pregunta en tanto que pregunta por el ser, como pregunta abierta. Al cancelarse la pregunta como tal pregunta, se ha destinado a Occidente a la pérdida de sentido. Por tanto, la pretensión de Heidegger es reabrir de nuevo la pregunta por el sentido del ser, aspirar a una reformulación de la pregunta por el ser, que es la pregunta filosófica por excelencia. Heidegger expone que la distinción, que Aristóteles usa como respuesta, entre sustancia y accidente, es la que lleva a asentar un camino que ahora se agota, que nos lleva a la renuncia del verdadero sentido de preguntar; y este olvido de la apertura originaria conduce al agotamiento final que vive ahora Occidente como la crisis del sentido, del nihilismo. Por ello plantea la urgencia de abrir de nuevo la pregunta, asumiendo que sin ella no cabe sentido alguno; en el mero plantearla nos va la posibilidad de sentido, del sentido de nuestra existencia o de nuestro ser. Así, Heidegger toma como punto de partida una relación abierta entre el ser y el ente que se pregunta por el ser; esta apertura que liga y separa al hombre. Este retorno de Heidegger a la pregunta ontológica no es un retorno al pensamiento moderno, sino que es una vuelta al origen mismo del pensar, desmontando toda subjetividad.

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