Ékfrasis; escisión entre la poesía y la pintura

“La pintura es poesía muda;
la poesía pintura ciega.”
(Leonardo Da Vinci)

Tras la sencilla definición de ékfrasis, descripción verbal de una obra visual, se esconde todo un complejo sistema de interrelaciones entre distintas artes. La ékfrasis puede darse tanto en prosa como en verso, pues puede ser un poema, o ser el pasaje de una novela o cuento, o ser utilizada explícitamente para un ensayo de crítica de arte. Dado el carácter del lugar de su utilización no es necesaria que la obra a la que se hace referencia, mediante la ékfrasis, exista en el mundo real. Podemos ver como en la crítica de arte, sí es necesario que ésta se refiera a una obra existente la cual se quiere tratar, pues ésta sólo tiene sentido en la medida en que se basa en el análisis formal de un objeto real. Sin embargo, la literatura a lo largo de la historia ha sido una fecunda fuente para la descripción de obras de arte, tanto reales como imaginarias, tanto escultóricas como pictóricas. La ékfrasis literaria se basa en una idea preconcebida de la obra de arte, de la imagen que se tiene del artista o de los lugares comunes de la obra. En este sentido, la mirada del artista que realiza la ékfrasis cobra un doble sentido, el de creador y el de intérprete, pues “el objeto plástico se convierte en tantos textos como miradas se fijen en él. Y es que, en el acto mismo de describir, el poeta o novelista selecciona, reorganiza, jerarquiza; resignifica”1.

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El arte tras el horror

La mirada al pasado como fármaco para el presente

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La civilización occidental, finalmente, se convirtió en humo en las chimeneas de Dachau, y yo estaba demasiado ensimismado para verlo. Ya lo veo. […] Mis razones giran alrededor de la pérdida gradual de la imaginación, y de la fantasía, y del descubrimiento paulatino de la realidad del mundo. […] Las cosas en las que creía eran muy débiles. Ellas no vivirán mucho tiempo y yo tampoco. Pero el motivo de mi decisión trata de algo mucho más profundo. […] Abandonamos el mundo poco a poco, somos cómplices de nuestra propia aniquilación y no se puede hacer nada. […] La verdad es que las cosas que veo se han vaciado lentamente, ya no tienen contenido, ahora solo quedan contornos, un hombre, una cosa que cuelga con una expresión absurda en un vacío inhóspito sin significado en su vida, en sus palabras. No quiero la compañía de semejante cosa, ¿para qué?1

El horror que sembró en todo el mundo la Segunda Guerra Mundial dejó una huella imborrable que marcó el rumbo de la civilización occidental y del arte tras la guerra. El artista buscaba exteriorizar toda una serie de sentimientos que estaban ligados a un profundo horror y un gran desasosiego. Los artistas seguían sumergidos en el camino de la experimentación e investigación que comenzaron las primeras vanguardias. Lejos habían quedado los tiempos en los que los límites del lienzo marcaban el trabajo del artista. Ahora, el artista estaba sumido en un ansia constante de innovar a través de los más diversos materiales con todo un conjunto de nuevas técnicas en las que primaba el máximo carácter individualizador de la obra artística. Es de sobra conocida la afirmación que hace Adorno en Crítica cultura y sociedad sobre la posibilidad de escribir poesía después de Auschwitz, tras el horror vivido con el holocausto, se respira un apesadumbrado pesimismo que revela el fracaso de la primacía de la razón y del proyecto ilustrado.

Mi interés no radica en mostrar el surgimiento y el desarrollo de las nuevas corrientes neovanguardistas que surgieron en Estados Unidos o Europa tras la Segunda Guerra Mundial, sino más bien en dar voz a los sin voz, a aquellos que miraron al horror de frente y trataron de asimilarlo y resurgir de las cenizas que ese horror dejó en el inconsciente colectivo de toda una generación mundial. Por lo tanto, me centraré en el análisis de algunos artistas y sus correspondientes obras que no ignoraron los brutales acontecimientos que sucedieron en aquella época.

 

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El arte paleolítico como obra de arte total

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¿Cuál es el origen del arte? ¿Qué lo motivó? Para responder estas preguntas hay que viajar a los confines de la tierra pues su origen se pierde en las tinieblas del tiempo. Concretamente, debemos llegar hasta el Paleolítico, período de la historia del hombre que es anterior a la invención de la agricultura, la domesticación de los animales y el descubrimiento del uso de los metales. En esa época la vida para el ser humano no era nada sencilla, pues no era capaz de producir su propio alimento y para su subsistencia dependía exclusivamente de la caza y la recolección. Esto favoreció un complicado modo de vida nómada que, sin embargo, resultó ser suficientemente estable durante más de dos millones de años. En lo que respecta al surgimiento del arte, éste no ha tenido un desarrollo tan prolongado, pues únicamente conocemos la existencia del arte a partir de la última etapa del Paleolítico, la Superior. El Paleolítico Superior se caracteriza por los cambios tecnológicos, es decir, el desarrollo de las herramientas y utensilios de hueso y pedernal que se produjeron hace unos 40.000 años y que motivaron, principalmente en la zona europea durante el último periodo glaciar, el nacimiento del arte.

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El nacimiento de “lo fantástico” y la exploración subjetiva

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La literatura fantástica, como tal, no nace hasta mediados del siglo XVIII, debemos tener en cuenta que esta literatura surge como contraposición a la literatura realista, además de la incansable búsqueda de un objetivismo totalizador por parte de la ciencia. No podríamos hablar de literatura fantástica si no existiera como precedente la literatura realista. Por ello, no es de extrañar que Maupassant, uno de los mayores representantes de la literatura fantástica, tuviera como gran mentor a Flaubert, un extraordinario representante del realismo literario. En los comienzos del siglo XIX encontramos un auge de la literatura realista y, como consecuencia el desarrollo de nuevos géneros, como el relato maravilloso o el relato fantástico. La mayoría de los expertos advierten que un aspecto indispensable para la literatura fantástica es su carácter sobrenatural e inexplicable. De hecho, en uno de los cuentos de Maupassant,  La mano, el protagonista utiliza como sinónimos, fantástico, sobrenatural e inexplicable, para adjetivar la historia. Sin embargo, no debemos utilizar este aspecto como totalizador de toda literatura fantástica, pues es un rasgo presente en diversa heterogeneidad de géneros. Como bien señala Alberto Manguel:

Las historias de fantasmas han existido siempre, los lectores escépticos no”.

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Bloch, Freud y la melancolía

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Ernst Bloch, en Principio esperanza, analiza la prodigalidad y abundancia de placeres, en un estrato de la gran burguesía, como el origen de ese tedio existencial propio de la saciedad. Así, el placer constituye la esencia material de la melancolía, y se expresa en un dramático “no puedo moverme ni descansar, no puedo vivir y tampoco morir. […] la melancolía es así conciencia del vacío existencial, de despojamiento inesperado. En Duelo y melancolía, Freud analiza esta apatía o hundimiento del ser que la padece, y la explica por la identificación narcisista operada entre el sujeto amante y el objeto amado. Pero, en realidad, la melancolía nace de la donación que implica todo acto de amor, pérdida de sí mismo que se manifiesta realmente con la desaparición, la muerte o, simplemente, el abandono de la persona amada. Por ello, perder a la persona amada despierta la conciencia del vacío existencial, del desamparo en que nos hunde el ser que nos deja, y caemos en la melancolía. Freud, que no tiene una teoría del amor y sí del deseo amoroso, llega a concluir que la melancolía nace de la identificación con el otro que convierte el propio yo en objeto que se desprecia. De esta forma, la relación entre sujeto amante y objeto amado es mera posesión objetual, sin realizarles la donación recíproca o simultaneidad armoniosa de conciencias. La melancolía aparece, según Freud, a consecuencia de una autoposesión fantasmagórica del objeto sexual perdido. Esta melancolía lleva inconscientemente al menosprecio, a la humillación de sí, y puede hasta convertirse en odio contra el propio ser que la sufre. Descubre Freud que se siente placer en este autocastigo, en el rebajamiento de su condición humana y el tormento placentero de condenarse puede llevar a la muerte.

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El Don Juan del conocimiento

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Lo que importa no es la vida eterna, sino la vitalidad eterna.

Kant vive con el conocimiento como quien vive con la esposa; duerme con él, durante cuarenta años, en el mis­mo lecho espiritual y, con él, engendra toda una genera­ción alemana de sistemas filosóficos, cuyos descendien­tes viven aún entre nosotros en nuestro mundo burgués. Sus relaciones con la verdad son de un orden puramente monogámico, así como lo son para todos sus hijos inte­lectuales: Schiller, Fichte, Hegel y Schopenhauer; lo que los arrastra hacia la filosofía es una voluntad de orden; una voluntad muy alemana, objetiva, profesional, para disciplinar el espíritu; en modo alguno demoníaca, sino, al contrario, una voluntad que tiende hacia una sistematización del destino. Sienten el amor a la verdad como un amor hondo, duradero y fiel. Pero ese sentimiento está desprovisto enteramente de erotismo y del deseo de con­sumir, de dominar, ya a uno mismo, ya a otros; sienten la verdad, su verdad, como una esposa o bien propio del que no han de separarse hasta la hora de la muerte y al que han de ser siempre fieles. Pero en estas relaciones hay algo que huele a doméstico, a casero, y, efectivamen­te, cada uno de ellos se ha edificado su casa, es decir, su sistema filosófico, para albergar a su amada. Y trabajan con mano maestra el campo de su espíritu, con arado y rastrillo, ese campo que les pertenece y que han con­quistado para la humanidad, arrancándolo de la confusión del caos. Cautelosamente van poniendo, cada vez más lejos, los mojones que marcan el límite de sus conocimientos desde el seno de la cultura de su época, y sa­ben aumentar, con su sudor y su trabajo, la cosecha intelectual.

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Poesía y locura: De Baudelaire a Foucault

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Baudelaire es considerado uno de los mejores poetas del siglo XIX, por su originalidad y perfección en la forma, es un poeta de la modernidad. Representa la figura del poeta moderno e innovador. En su obra vemos representadas las características que elogiaba Foucault acerca de la literatura y la poesía. Con Baudelaire la poesía empieza a liberarse de las ataduras tradicionales y despliega nuevos conceptos de creación poética, iniciando una manera diferente de ver la realidad.

Baudelaire y su originalidad le hacen situarse fuera de los límites, al margen de las escuelas literarias y de los cánones literarios y sociales de la época, su obra es una muestra del abandono de las formas poéticas que hasta entonces predominaban. Baudelaire inaugura nuevas y revolucionarias tendencias en la poética, dotando su obra de un verdadero sentido poético, que incluye el misterio de conflictos íntimos, una insólita angustia y una búsqueda de la explicación de fenómenos humanos que convergen en una expresión poética cargada de significación y repleta de sugerencias.

Muchos textos del poeta, muestran la originalidad de una nueva creación, la angustia y la tragedia íntima, el singular acercamiento a la vida, una concepción individual de un mundo propio. Baudelaire propone la desaparición del yo del poema, la sustitución de la presencia personal del autor dejando a un lado al poeta y centrándose en la poesía misma. Esta última frase del poema las ventanas (número treinta y cinco, contenido en su obra Pequeños Poemas en Prosa): ¿Qué importa lo que pueda ser la realidad que se encuentra fuera de mí, si me ha ayudado a vivir, a sentir que soy y lo que soy? marca esta idea, en la cual el poeta destruye el mundo creando uno verdaderamente suyo.

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