Baile de máscaras [The Losers]

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Artículo perteneciente al número 3 de la revista cultural Oveja Negra: Pulsar aquí para ver la revista completa

¡Queridas ovejillas de este redil llamado España! Una vez más nos ponemos manos a la obra para abordar nuestro fatigoso camino por el conocimiento y arrojar algo de luz sobre las sombras que cubren nuestro pasado. Sí, otra vez, vamos a hablar de filosofía, esa disciplina que cuando mencionas a qué te dedicas, suele acompañarse con un: “pero ¿inglesa o hispánica?” Y es que la filosofía en este país se encuentra humillada y despreciada, hasta el punto de convertirse en un eco que lucha por no ser olvido. Ya no sólo la filosofía, sino todo el conocimiento y la educación en general, están siendo prostituidas a modo de oferta de 3×2 de cualquier superficie comercial.

Por eso, si nuestra temática para este número son los grandes perdedores, la filosofía como tal no se escapa a este criterio. Pero vayamos al meollo de la cuestión que el espacio apremia. Me piden que os hable de unos cuantos perdedores pero son muchos los pensadores que podrían entrar en esta lista de perdedores u olvidados por muy diversos motivos (han sido ignorados, perseguidos, encarcelados, apaleados, torturados, exiliados, envenenados, asesinados,… algunos se volvieron locos, otros se suicidaron y alguno que otro no conoció mujer, ¡eh Kant!). Sin embargo, tan sólo su enumeración sería tan amplia que ocuparía toda la extensión de la que dispongo y ya tengo a la oveja-jefe respirándome en la nuca. Así que sin más dilación voy a induciros un calmante en vena y hablaros de algún caso particular (claramente van a ser los que a mí me han dado la gana, pues lo mismo daría estos que cualesquiera otros).

Comencemos nuestra historia remontándonos de nuevo a la Antigua Grecia, concretamente a los siglos V y IV a. C. para encontrarnos con Demócrito de Abdera, un filósofo que se enmarca dentro de los presocráticos pero que realmente fue coetáneo de Sócrates. De estos espléndidos pensadores se conoce hoy día muy poco y todo lo que ha llegado a nuestros días es gracias a menciones de otros pensadores posteriores que hablan de ellos o exponen fragmentos de sus obras. El historiador griego Diógenes Laercio es en muchos casos la mejor fuente que tenemos para estos pensadores y asegura que las obras de Demócrito llegaban casi al centenar y trataban temas tan variados como la ética, la física, la matemática e incluso la música. Demócrito se enmarca, junto a Leucipo, dentro de la escuela atomista que argumentaba que el universo estaba compuesto por infinitas partículas indivisibles, llamadas átomos, que se movían libremente en el vacío. Esta teoría así como su autor fueron renegados y casi olvidados durante siglos por filósofos y científicos hasta que empezó a cobrar importancia en el ámbito científico del s. XVIII. Son muchas las leyendas que se le atribuyen, se dice que fue discípulo de magos persas, de sacerdotes egipcios, que poseía dotes adivinatorias (mejores incluso que las de Sandro Rey) y que tenía un carácter muy extravagante (siempre andaba riéndose de todo por ahí). Una de las leyendas más extrañas que circulan sobre él asegura que un día en que Demócrito se encontraba en un jardín se arrancó los ojos para que la contemplación de la realidad no le obstaculizara en sus meditaciones.

Seguimos nuestro camino hasta la Antigua Roma, concretamente en el primer siglo de nuestra era, donde nos encontramos con Séneca. Afamado filósofo, político, orador y escritor que alcanzó gran poder en el Senado romano. Sin embargo, los filósofos y la política nunca se han llevado demasiado bien y estuvo a punto de ser condenado a muerte en varias ocasiones, primero por Calígula y luego por Claudio, pero se libró por los pelos y fue enviado al exilio donde escribiría algunas de las grandes obras por las que ha pasado a la historia. Necio de él, decidió volver para convertirse en el consejero y tutor de Nerón que cuando se cansó de que le molestara ordenó su muerte. Séneca que no quería ser objeto de iras de Nerón, pues sabía de su enorme crueldad, decidió quitarse él mismo la vida. Primero le ordenó a su médico que le administrara cicuta pero como no le surgió ningún efecto, acabó dándose un baño calentito donde se cortó las venas.

Podría seguir así todo el día contándoos aventuras y desventuras de grandes pensadores, pero el tiempo se agota y no quiero terminar sin poneros un ejemplo de un gran perdedor, aunque sólo en vida, mucho más reciente. Nos encontramos, esta vez, con un visionario que desarrolló una filosofía tremendamente enérgica, llena de fuerza, con una pasión enfurecida, con un odio desmedido, pero, sobre todo, con una amarga ironía. Un filósofo-poeta que nos seduce y cautiva con su espléndida estética. No es otro que Friedrich Nietzsche. Su carácter filosófico se encuentra oculto bajo un baile de máscaras. Nietzsche pone de manifiesto la sospecha de que el camino recorrido por la humanidad, principalmente en los últimos dos mil años, ha sido un camino errado, que, ahora, el hombre se encuentra perdido. Por ello es necesario una vuelta atrás, replantearse todo aquello que es considerado como bueno y verdadero. Nietzsche representa una crítica extrema a la religión, a la moral y, sobre todo, a los cimientos del conocimiento humano, considerados como filosofía y ciencia. El baile de máscaras en el que Nietzsche se encuentra sumergido da lugar a múltiples interpretaciones. Su figura se ha mitificado hasta el punto que su pensamiento ha sido utilizado por movimientos muy dispares. Ha sido estandarte de las vanguardias artísticas, estandarte de la revolución en el mayo del 68’ e incluso por los amigables nazis para fundamentar su antisemitismo. Su relación con estos seres tan adorables tiene como apunte que su hermana Elisabeth era amiga de Hitler y realizó modificaciones en sus textos para que estas falsificaciones en las obras de Nietzsche sirvieran como fundamento para el pensamiento nacionalsocialista.

Sin duda no es un filósofo desconocido u olvidado, pero no tuvo para nada una vida fácil, de pequeño perdió a su padre y a un hermano. Fue una persona enfermiza y enclenque. Continuamente atormentado con dolores de cabeza, vértigos, vómitos,… todos ellos posiblemente causados por una sífilis mal curada que contrajo en un prostíbulo y que se sospecha fue el origen de su locura. Sus obras, la mayoría autoeditadas por él mismo, fueron ignoradas y no consiguieron éxito alguno durante su vida, a pesar de que recibió el título de catedrático con tan sólo 24 años. Sin embargo, sus andanzas en la universidad duraron poco, pues debido a disonancias de su pensamiento con el academicismo de la época le llevaron a una obligatoria jubilación a los 35 años que le permitió dedicarse a escribir sus obras. Su vida amorosa fue tan desastrosa como su vida profesional, y todos los intentos de acercamiento a mujeres fueron en vano, seguramente huían despavoridas de su enorme bigote. En cambio, su amor por los animales, especialmente por los equinos, es de sobra conocido. Dicen que cuentan que fue en 1889 cuando se desató su locura y lo encontraron en una calle de Turín abrazado llorando a un caballo. Fue llevado entonces al psiquiátrico y posteriormente a la casa donde residían su madre y su hermana donde fallecería once años después. Su estado era tan deplorable que no le permitió escribir durante ese período. Dicen que bailaba desnudo, se creía Cristo, Buda, Napoleón y hasta Alejandro Magno. Su posterior locura no quita que estemos ante uno de los filósofos más influyentes del s. XIX y que a lo largo de su quehacer filosófico nos dejara importantísimas aportaciones. La muerte de Dios (nihilismo), la transmutación de los valores, el Superhombre, la voluntad de poder o el eterno retorno (de lo mismo) –Nietzsche escribió en Ecce Homo que el argumento más serio contra su teoría del eterno retorno era su hermana– son los pilares fundamentales para su filosofía que por desgracia no os voy a poder desarrollar, por ahora… En cambio, como regalo final, me gustaría hacer hincapié en la postura que adoptó Nietzsche en cuanto al sufrimiento y el fracaso. Nietzsche defendía una vida vivida peligrosamente, en la que el estado natural ha de ser la dificultad, el sufrimiento, pues estas son un mal necesario para llegar a conseguir cosas realmente buenas y bellas. La felicidad no se conseguiría escapando de los problemas sino trabajándolos para ponerlos a nuestro favor. Siguiendo su máxima: Lo que no nos mata, nos hace más fuertes.

Entrada041 - A cualquier le hubiera molestado

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