Un mundo ideal [οὐτοπία]

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La utopía es el principio de todo progreso y
el diseño de un futuro mejor. [Anatole France]

¡Queridas ovejillas de este redil llamado España! Con estas pocas líneas se da paso a un nuevo camino. Un largo camino que recorreremos juntos siguiendo la luz del conocimiento. En nuestra primera parada, en lo que esperemos que sea nuestra gran odisea, nos topamos con los sueños de aquellos grandes hombres que se detuvieron a imaginar su mundo ideal.
Hace mucho tiempo, en una época gloriosa ya casi olvidada por una gran mayoría ~Antigua Grecia~, vivía un hombre conocido como Platón que se detuvo a diseñar su posible ciudad. Un gran pensador que desarrolló su república ideal. Una sociedad perfecta que no partiría de la base de algo imaginario o irreal sino de una posible organización (la más perfecta según su pensamiento) para su sociedad. Platón estaba convencido de que los males de toda sociedad sólo podrían solucionarse cuando los filósofos se hicieran cargo del gobierno o cuando los gobernantes se hicieran filósofos y por ello concibió una sociedad perfectamente organizada en clases en la que los gobernantes fueran asimismo filósofos. ¿No os parece un buen plan para dominar el mundo? ¡O si no por qué creéis que me hice filósofo!


Dejando a un lado el delirio, seguimos con la aventura de Platón, que iluso de él, intentó poner en práctica su idea de hacer de los filósofos los gobernantes. Viajó en varias ocasiones a Siracusa seducido por un jovencito que era cuñado del tirano de turno y vio su oportunidad de llevar a cabo su plan, pero no resultó como él esperaba, tan desastroso fue su experimento que acabó vendido como esclavo. No pasaría mucho tiempo antes de que llegaran las primeras críticas sobre la posible realización de su proyecto, y llegaron de su propio alumno, un avispado Aristóteles que superó en muchas ocasiones en sabiduría a su maestro y se fue apartando de su camino. Este distanciamiento debió molestar a Platón pues, según cuenta una leyenda, en cierta ocasión afirmó: Aristóteles nos tira coces, como hacen los potrillos con sus madres, olvidando que los han parido. Este vivaz potrillo contribuyó a dotar a la república ideal de Platón del aspecto de irrealizable con el que ha pasado a la historia. Aspecto con el que siglos después, en una época particularmente turbulenta y violenta, y a la vez prolífica artística e intelectualmente ~El Renacimiento~, se basarán otros grandes soñadores para dar paso a todo un género, el género utópico. Pero no os equivoquéis, Platón no fue el primero en imaginar su mundo ideal, desde que el hombre es hombre, el ser humano ha dejado volar su imaginación por todo el pensamiento antiguo. Podemos encontrar antecedentes del género utópico en el jardín de Gilgamesh, la Edad de Oro de los mitos de Hesíodo, la isla de la Inscripción sagrada de Evémero, la novela utópica de Yambulo o incluso el paraíso que aparece en el Génesis.

Siguiendo nuestro camino por los recovecos del tiempo, vamos a detenernos en el nacimiento del género utópico en tanto que género literario. Nos situamos en una época no tan distinta a la nuestra, ya que predominaban grandes desigualdades tanto sociales como económicas. Nada nuevo para nosotros, no hemos cambiado tanto en estos últimos siglos. Debemos llevar cuidado, pues en esta época nos encontramos en territorio hostil, un tiempo de continuas guerras motivadas por conflictos religiosos. ¡Cuánto mal que no habrá hecho la religión al conocimiento humano! Un buen ejercicio de imaginación sería imaginarnos una ucronía donde pudiéramos ver cómo sería nuestro mundo hoy día sí ninguna religión hubiese existido. Pero supongo que el ser humano tiene impreso en su código genético la capacidad de crear sueños, y qué es la religión sino una fábrica de sueños creada por el ser humano. No es de extrañar que en este ámbito surgieran los primeros modelos utópicos renacentistas que actuaban como un motor de crítica social. En la conciencia de los hombres de esta época, conscientes de estas desigualdades, crece un impulso de revelarse contra la realidad de su tiempo. Se palpaba un anhelo inalcanzable de conseguir una sociedad mejor y más justa.
Pero aún hay más de este trepidante viaje, nos topamos con un hallazgo sin precedentes: el descubrimiento de América. Representó para Europa una nueva oportunidad, una nueva realidad donde llevar a cabo los deseos inalcanzables en el viejo mundo. Las tierras vírgenes del nuevo mundo suponían la apertura de todo un nuevo imaginario de lo que podría llegar a ser una reinvención de las cenizas europeas. Era todo un mundo nuevo por explorar y conocer, que suponía un lugar donde ser puestas en práctica muchas de las ideas utópicas que se podían pensar o plantear. América como un espacio de realización de la sociedad ideal. No es casualidad que estas obras utópicas renacentistas tuvieran lugar en islas idílicas perdidas en la inmensidad del vasto océano, favoreciendo así el hermetismo y la imaginación.
Estas primeras utopías están sumergidas en los sueños y esperanzas de sus autores que anhelaban un futuro mejor para la sociedad en la que vivían. En una época en la que regía la ley del más fuerte, en la que reyes sanguinarios gobernaban con mano de hierro y en la que un astuto Maquiavelo había mostrado los entresijos del poder, el cual debía conservarse a toda costa por cualquier medio. Mirad por donde esto también me suena de algo. No sé, algo de una mordaza… En esta época apareció un soñador, Tomás Moro, un soñador cuyas esperanzas e integridad le llevaron a perder la cabeza, ¡literalmente! Soñaba con una isla llamada Utopía donde reinaba la justicia y la felicidad por encima de la codicia y la avaricia de hombres poderosos y vanidosos. Creía que los males de su sociedad tenían solución y por ello planteó un sistema donde fuera abolida la propiedad privada y donde el interés comunitario estuviera por encima del interés personal. Moro, por su parte, estaba preparando el terreno para lo que siglos después serían las bases del comunismo y el socialismo, planteaba un sistema organizado racionalmente con una forma de vida teleológica, cuya única finalidad fuera la felicidad.
Por su parte otro soñador, con sabor a Bacon (¡estaba a huevo!), vislumbró con su nueva Atlántida el inconmensurable poder que el progreso científico podía aportar al ser humano. Por ello basó su utopía en una sociedad en la que la armonía entre los hombres podía alcanzarse mediante el control de la naturaleza. La ciencia era un medio para conseguir el progreso y una vida mejor para el ser humano. La capacidad de inventiva de Bacon, a la hora de describir los posibles frutos de la ciencia, es casi premonitoria. Llegó a predecir inventos como el submarino, el avión, la manipulación genética o la creación artificial.
Todos estos hombres, a lo largo de miles de años, no hicieron más que imaginar su mundo ideal. Buscaron una sociedad más justa y feliz, una sociedad muy alejada de la que vivían. Para conseguirlo propusieron su visión, o más bien su solución, a los problemas de sus sociedades y, mediante un acto de imaginación y crítica, crearon una realidad distinta. Realidad que conlleva una posibilidad práctica, vamos, que pudiera llegar a realizarse en un futuro.

Jandroche

Revista completa: Nº2 de la Revista cultural Oveja Negra, “Utopías, distopías y ucronías”.

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Un pensamiento en “Un mundo ideal [οὐτοπία]

  1. mascomiera dice:

    …..Y ahora, llegaron los políticos, vendedores de humo, que aunque a sabiendas de que son irrealizables, inician proyectos, cambian leyes para tal fin, revuelven todo, certificando más tarde que hay más humo que realidad, eso no es filosofía, es chapucerismo.

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