El “yo culpable” del artista

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¡Qué penetrantes son los atardeceres de otoño! ¡Ay! ¡Penetrantes hasta el dolor! Pues hay en él ciertas emociones agradables, no por ambiguas menos intensas; y no hay punta más acerada que la de lo infinito.

¡Gran placer el de ahogar la mirada en lo inmenso del cielo y del mar! ¡Soledad, silencio, castidad incomparable de lo azul! Una vela pequeña, temblorosa en el horizonte, imitadora, en su pequeñez y aislamiento, de mi existencia irremediable, melodía monótona de la marejada, todo eso que piensa por mí, o yo por ello -ya que en la grandeza de la divagación el yo presto se pierde-; piensa, digo, pero musical y pintorescamente, sin sutilezas, ni silogismos, ni deducciones.

Estos pensamientos, no obstante, ya salgan de mí, ya surjan de las cosas, pronto recuperan excesiva intensidad. La energía en el placer crea malestar y sufrimiento positivo. Mis nervios, bastante tirantes, no provocan más que vibraciones estentóreas, dolorosas.

Y ahora la profundidad del cielo me consterna; me exaspera su limpidez. La insensibilidad del mar, lo inmutable del espectáculo me subleva… ¡Ay! ¿Es fuerza eternamente sufrir, o huir de lo bello eternamente? ¡Naturaleza encantadora, despiadada, rival siempre victoriosa, déjame! ¡No tientes más a mis deseos y a mi orgullo! El estudio de la belleza es un duelo en que el artista da gritos de terror antes de caer derrotado.

Charles Baudelaire – Spleen de París (1862)

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