El nacimiento de “lo fantástico” y la exploración subjetiva

dia de la poesia escritor libro (2)

La literatura fantástica, como tal, no nace hasta mediados del siglo XVIII, debemos tener en cuenta que esta literatura surge como contraposición a la literatura realista, además de la incansable búsqueda de un objetivismo totalizador por parte de la ciencia. No podríamos hablar de literatura fantástica si no existiera como precedente la literatura realista. Por ello, no es de extrañar que Maupassant, uno de los mayores representantes de la literatura fantástica, tuviera como gran mentor a Flaubert, un extraordinario representante del realismo literario. En los comienzos del siglo XIX encontramos un auge de la literatura realista y, como consecuencia el desarrollo de nuevos géneros, como el relato maravilloso o el relato fantástico. La mayoría de los expertos advierten que un aspecto indispensable para la literatura fantástica es su carácter sobrenatural e inexplicable. De hecho, en uno de los cuentos de Maupassant,  La mano, el protagonista utiliza como sinónimos, fantástico, sobrenatural e inexplicable, para adjetivar la historia. Sin embargo, no debemos utilizar este aspecto como totalizador de toda literatura fantástica, pues es un rasgo presente en diversa heterogeneidad de géneros. Como bien señala Alberto Manguel:

Las historias de fantasmas han existido siempre, los lectores escépticos no”.

Y es que, en el contexto en el que se desarrolla la literatura fantástica, el aspecto sobrenatural e inexplicable aparece como un recurso transgresor de las leyes que organizan la realidad. Por ello, lo sobrenatural es aquello que no puede ser explicable por las leyes vigentes, tanto de la religión como de la ciencia; siendo éste un acto crítico y subversivo de la literatura fantástica con respecto al racionalismo ilustrado, la epistemología y la religión. Se puede ejemplificar a la perfección esta dura crítica por parte de la literatura fantástica a la ciencia, la religión y los sentidos con el siguiente fragmento:

Desde que el hombre piensa, desde que aprendió a expresar y escribir su pensamiento, se ha sentido tocado por un misterio impenetrable para sus toscos e imperfectos sentidos, y ha intentado suplir la impotencia de sus órganos con el esfuerzo de su inteligencia. Cuando esa inteligencia se hallaba aún en su estadio rudimentario, la obsesión por los fenómenos invisibles adoptó formas trivialmente aterradoras. De ahí nacieron las creencias populares en lo sobrenatural, las leyendas de espíritus errantes, de hadas, gnomos y aparecidos, me atrevería a decir, incluso, la leyenda de Dios” (Maupassant, El Horla, págs. 110 – 111).

El relato fantástico parte de la base del realismo, pues utiliza muchos de los recursos realistas, como abundantes descripciones o la intención de reproducir fielmente la realidad, para introducir al lector en un espacio similar al que habita, un ámbito común y cotidiano, para después, ser asaltado por un hecho o fenómeno  que no puede ser explicado y que trastocará su percepción de la realidad. El relato fantástico es un juego constante de límites. El elemento sobrenatural o fantástico genera una ruptura, un desgarramiento en la trama de la realidad cotidiana, lo que conlleva su nexo con una estética de la verosimilitud, del acercamiento, en tanto que sólo la constitución de un espacio realista permite el acto subversivo. Cuando nos encontramos ante un fenómeno inexplicable, nos vemos obligados a elegir entre dos opciones: o bien atribuir el fenómeno a causas conocidas y, por ende, que lo explican; o bien, admitir la existencia de lo sobrenatural y modificar así nuestra imagen del mundo. De esta manera, se diferencia claramente el relato fantástico del maravilloso, puesto que en este relato (maravilloso) se parte de la base de que el aspecto sobrenatural es algo cotidiano y explicable en ese mundo creado por el autor y que se acepta desde el primer momento. Pero esta distinción es demasiado simplista, y no deja una clara demarcación entre un género y otro, lo que hace que los límites entre ambos géneros, en ciertas ocasiones, sean demasiado sutiles, podemos poner de ejemplo El caldero de oro de Hoffmann.

No es extraño que debido al carácter subversivo y transgresor de la literatura fantástica fuera en cierta manera marginada y repudiada por la crítica literaria que no deja de apoyar los estándares establecidos, buen ejemplo de ello es la idea expuesta por Rosie Jackson, en Lo “oculto” de la cultura, el cual expone que:

La expulsión de lo fantástico a los márgenes de la cultura literaria es en sí mismo un gesto ideológico significativo, no muy distinto del silenciamiento de lo irracional por parte de la cultura” (Rosie Jackson, Lo “oculto” de la cultura, pág. 143).

Es significativo señalar la importancia que supuso la locura tanto en la obra como en la vida de Maupassant, de hecho, acabó sus días en un manicomio debido a un estado avanzado de enfermedad mental provocada por la sífilis; es sensato pensar que la misma enajenación mental que le llevó a la tumba también inspiró sus mejores páginas. Sin olvidar que ser sifilítico implicaba el contacto sexual con prostitutas con las consecuentes connotaciones negativas sociales. Esta enfermedad mental o locura le produce un acercamiento a la muerte, a su finitud y le dota de una perspectiva casi visionaria y que produce anecdóticamente una aceleración de la producción artística; esta masiva producción es la misma que podemos encontrar paradójicamente en otros autores como Baudelaire, Hölderlin, Nietzsche o Van Gogh.

El tema de la locura no sólo está presente en Maupassant, sino que es un tema recurrente del relato fantástico, tanto en Hoffmann como en Poe podemos encontrar los estragos y la influencia de la locura en sus obras, donde como he mencionado se recurre a una estrategia de implicación, un acercamiento al lector para que éste se sumerja en la historia. Además, parte de unos hechos normales y cotidianos, situaciones familiares para a continuación romper con lo seguro, abrir una brecha y sorprender con un acontecimiento que escapa de la razón y diverge la realidad. La historia se coloca, de manera inquietante, en la frontera entre la realidad y la ficción, entre lo racional y lo irracional. Por ello, la locura, puesto que golpea constantemente las costas de la razón, juega un papel fundamental para la literatura fantástica. Además, la locura posee ese elemento transgresor y subversivo que amenaza la seguridad de nuestro mundo; al igual que lo hacen el miedo, la inquietud que produce lo desconocido o la idea de que lo irreal irrumpa en lo real rompiendo con lo establecido. Del mismo modo son parte de una  maniobra del autor de generar incertidumbre y duda con la consecuente crítica que produce al racionalismo y a la ciencia, pues hace reflexionar sobre fenómenos que hacen dudar de los datos de nuestros sentidos y las leyes de la ciencia. Dejando abierta esa frontera, ese espacio donde se produce lo imposible, y que escapa a toda explicación racional. El mismo Poe expone en su cuento Eleonora:

Los hombres me han llamado loco; pero todavía no se ha resuelto la cuestión de si la locura es o no la forma más elevada de la inteligencia…” (Poe, Eleonora, pág. 312).

Por otro lado es destacable el hecho de que estos autores del relato fantástico actuaran como investigadores de la mente humana. En multitud de sus relatos escrutan sus emociones, sus reflexiones y sus pensamientos para delimitar las funciones y deficiencias del procesamiento mental. En una época donde la razón juega el papel fundamental para el sustento de una sociedad estable, lo irracional ha sido marginado y apartado en zonas de aislamiento; sin olvidar que durante siglos cuando los médicos trataban de escudriñar el alma, el funcionamiento del cerebro o la caracterización de las enfermedades mentales, los teólogos se inquietaban y trataban de vigilar de cerca y con severidad los movimientos de estos médicos. La teoría hipocrática proporcionó una resistente red de significados e interpretaciones, con un corpus bien establecido por Galeno, que permitió la comunicación entre médicos de todos los países con independencia de las enormes distancias, diferencias temporales, religiosas y culturales que los separaban. Debido a que este corpus operaba como un sofisticado aparato de traducción que permitía la comunicación entre distintos pensadores se mantuvo decenas de siglos aunque su correspondencia con la realidad natural era prácticamente precaria o nula. Por ello es tan relevante esta incursión por parte de estos autores en la indagación de la mente humana. Se produce una exploración de lo desconocido en el ámbito de lo íntimo y lo privado, de ahí los análisis de estos autores sobre el miedo, la sexualidad, la locura o los aspectos más controvertidos de la psicología humana; por ello pueden ser – estas obras – precursoras de obras como La interpretación de los sueños de Freud. Sin embargo, no podemos encuadrar en un mismo ámbito a la literatura fantástica y a la psicología aplicada, pues son dos ámbitos completamente dispares con metodologías incomparables que, en todo caso, se interrelacionan entre sí por una preocupación conjunta. Del mismo modo, tampoco es extraño que en esta época teorías como el mesmerismo (o magnetismo animal), la telepatía o la hipnosis fueran muy populares y generaran multitud de debates y confrontaciones; además de ser una fortuita fuente de inspiración para estos literatos como podemos comprobar con los ejemplos de El magnetizador de Hoffman, la Revelación mesmérica de Poe, o el caso de El Horla de Maupassant. Sin embargo, estos autores no se contentaron con escribir sobre estas teorías de moda en su momento, sino que siguieron mucho más allá remitiendo a temas tan fundamentales como el tema del doble, la disociación y enajenación del yo, la pérdida del sentido de la realidad y toda la problemática de la identidad.

El vórtice de irreflexiva locura en que inmediata y temerariamente me sumergí barrió con todo y no dejó más que la espuma de mis pasadas horas, devorando las impresiones sólidas o serias y dejando en el recuerdo tan sólo las trivialidades de mi existencia anterior” (E. A. Poe, William Wilson, pág. 73).

En el relato de Hoffmann, El hombre de la arena, podemos comprobar cómo un acontecimiento trae consigo recuerdos reprimidos. Un trauma de la infancia sumergido en el inconsciente es revivido con total intensidad. Por ello será posteriormente utilizado por Freud como ejemplo de su interpretación psicoanalítica. Pero, además, Hoffmann pone de manifiesto un magnífico realismo psicológico en sus personajes. Este autor también muestra soberanamente la dualidad entre un yo interior o privado y un yo exterior o público, podemos encontrar esta dicotomía presente tanto en su vida cotidiana como en sus obras, como muestra este fragmento:

según creo, todo aquello terrible y espantoso de lo que hablas solamente ocurre en tu interior, y el mundo exterior, real y auténtico, tiene poca parte de ello […] Si hay un poder oscuro que tiende, tan hostil y traicionero, en nuestro interior un hilo con el que luego nos aferra y arrastra hacia un camino peligroso y de perdición, que de lo contrario no pisaríamos… si hay un poder así, tiene que estar dentro de nosotros, tal como nosotros le damos forma, tiene que ser nuestro propio Yo […] Es el fantasma de nuestro propio yo, aquel cuyo íntimo parentesco y cuya profunda influencia en nuestro ánimo nos arroja al infierno o nos eleva al cielo”. (Hoffmann, El hombre de la arena, págs. 291-292).

Este cuento de Hoffmann que profundiza en el problema del doble o de la alteridad del yo es semejante al tratamiento que podemos encontrar en los relatos de William Wilson de Poe o El Horla de Maupassant. Por su parte, E. A. Poe escribía en su relato:

Y cuando avanzaba hacia él, en el colmo del espanto, mi propia imagen, pero cubierta de sangre y pálido rostro, vino a mi encuentro tambaleándose. Tal me había parecido, lo repito, pero me equivocaba. Era mi antagonista, era Wilson, quien se erguía, ante mí agonizante. Su máscara y su capa yacían en el suelo, donde las había arrojado. No había una sola hebra en sus ropas, ni una línea en las definidas y singulares facciones de su rostro, que no fueran las mías, que no coincidieran en las más absoluta identidad. Era Wilson. Pero ya no hablaba con un susurro, y hubiera podido creer que era yo mismo el que hablaba cuando dijo: – Has vencido, y me entrego. Pero también tú estás muerto desde ahora… muerto para el mundo, para el cielo y para la esperanza. ¡En mí existías… y al matarme, ve en esta imagen, que es la tuya, cómo te has asesinado a ti mismo!” (E. A. Poe, William Wilson, pág. 84).

Por su parte, el visionario Maupassant, examina su propia mente a través del protagonista de El Horla, intenta recorrer el contorno del abismo de su racionalidad que da paso a lo que comúnmente se denomina demencia:

Me pregunto si estaré loco. […] He visto locos; he conocido algunos que seguían siendo inteligentes, lúcidos, incluso sagaces en todos los aspectos de la vida, excepto en uno. Hablaban de todo con claridad, facilidad y conocimiento, pero de pronto su razón, al llegar al borde del acantilado de su locura, se precipitaban contra él rompiéndose en pedazos que se iban diseminando para luego hundirse en ese océano terrible y furioso, encrespado por el oleaje, brumoso y borrascoso que llamamos demencia. Ciertamente, me creía loco, absolutamente loco, si no fuera consciente, si no conociera perfectamente mi estado, si no lo analizara con completa lucidez. No sería, pues, en suma, más que un alucinado que razona. Un trastorno desconocido se habría producido en mi cerebro, uno de esos desórdenes que los fisiólogos actualmente intentan determinar y precisar. Dicho trastorno habría abierto en  mi razón, en el orden y la lógica de mis ideas, una profunda grieta. Fenómenos similares tienen lugar durante el sueño, que nos pasea entre las más inverosímiles fantasmagorías sin que por ello nos sorprendamos, porque, mientras el aparato verificador y el sentido de control duermen, la facultad imaginativa permanece despierta y trabaja. ¿No podría ser que una de esas imperceptibles piezas del teclado cerebral se encontrara paralizada en mí? Hay personas que, tras sufrir un accidente, pierden la memoria de los nombres propios, de los verbos, de los números, o solamente de las fechas. Hoy en día, la localización de todas estas parcelas de la mente está comprobada. Entonces, ¿qué tendría de extraño que mi facultad para controlar la irrealidad de determinadas alucinaciones se encontrara mermada en estos momentos?” (Maupassant, El Horla, págs. 117 – 118).

Por último, es adecuado señalar que como bien advierte también Rosie Jackson, en  Lo “oculto” de la cultura, el relato fantástico no es por sí mismo subversivo; afirmar que la fantasía es por definición transgresora es adoptar una posición demasiado simplista y errónea. Pues debemos tener muy presente, por un lado, la época en la que surge, y por otro lado, el contexto socio-cultural, científico y religioso en la que están sumergidos Hoffmann, Poe y Maupassant como los grandes artífices de estas reflexivas e inspiradoras obras.

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