Bloch, Freud y la melancolía

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Ernst Bloch, en Principio esperanza, analiza la prodigalidad y abundancia de placeres, en un estrato de la gran burguesía, como el origen de ese tedio existencial propio de la saciedad. Así, el placer constituye la esencia material de la melancolía, y se expresa en un dramático “no puedo moverme ni descansar, no puedo vivir y tampoco morir. […] la melancolía es así conciencia del vacío existencial, de despojamiento inesperado. En Duelo y melancolía, Freud analiza esta apatía o hundimiento del ser que la padece, y la explica por la identificación narcisista operada entre el sujeto amante y el objeto amado. Pero, en realidad, la melancolía nace de la donación que implica todo acto de amor, pérdida de sí mismo que se manifiesta realmente con la desaparición, la muerte o, simplemente, el abandono de la persona amada. Por ello, perder a la persona amada despierta la conciencia del vacío existencial, del desamparo en que nos hunde el ser que nos deja, y caemos en la melancolía. Freud, que no tiene una teoría del amor y sí del deseo amoroso, llega a concluir que la melancolía nace de la identificación con el otro que convierte el propio yo en objeto que se desprecia. De esta forma, la relación entre sujeto amante y objeto amado es mera posesión objetual, sin realizarles la donación recíproca o simultaneidad armoniosa de conciencias. La melancolía aparece, según Freud, a consecuencia de una autoposesión fantasmagórica del objeto sexual perdido. Esta melancolía lleva inconscientemente al menosprecio, a la humillación de sí, y puede hasta convertirse en odio contra el propio ser que la sufre. Descubre Freud que se siente placer en este autocastigo, en el rebajamiento de su condición humana y el tormento placentero de condenarse puede llevar a la muerte.

La ambivalencia amor-odio corresponde a la teoría narcisista del yo. Freud explica que el deseo amoroso consiste en descubrir en el otro un reflejo o proyección de sí mismo que opera la identificación, es decir, la absorción del yo ajeno y extraño, cuya realidad sustancial desaparece. Se comprende que, para Freud, la melancolía sea el placer de la autoflagelación, pues, al desaparecer el objeto deseado, el sujeto se siente perdido él mismo porque no encuentra en su yo el otro que necesita para objetivarse. Este melancólico puede también acabar en una autodestrucción lenta, paulatina, o en violento e inesperado suicidio al no poder soportar el desprecio y odio que siente por sí mismo.

Gurméndez, C., La melancolía, p. 80-82

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