Aristóteles y el fatalismo

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Aristóteles en su obra Sobre la Interpretación, concretamente en el epígrafe noveno, La oposición de los futuros contingentes, comienza asegurando que cuando hablamos de las “cosas que son y que fueron”, es decir, aquello perteneciente a los hechos pasados y presentes, es  – dice Aristóteles –  “necesario que o la afirmación o la negación sea verdadera o falsa”. Con esta afirmación, Aristóteles, pone de manifiesto el principio del tercio excluso (PTE), en la que la disyunción de una proposición y su negación tiene que ser siempre verdadera. Pero, además, advierte que tanto para los hechos presentes como para los pasados, una vez sucedidos, parecen inalterables y por ello, la necesidad de su verdad o falsedad debe ser única e inmutable. Dicho de otro modo, cuando se trata de hechos, ya sean presentes o pasados, no existe ningún tipo de posibilidad – como podría ocurrir con respecto al futuro – sino que hay una adecuación o no entre lo que afirmamos o negamos y los hechos. Esta adecuación o correspondencia es lo que consideraríamos como verdad. Podemos recurrir a un ejemplo para aclarar la cuestión, si decimos “Ayer estuvo lloviendo” u “Hoy está lloviendo” será verdadero afirmarlo si los hechos corresponden con lo afirmado. En este sentido, el hecho o acontecimiento funciona como un hacedor de verdad o verificador de la proposición.

En cambio, mientras que el pasado parece inmutable, en el que todo lo ocurrido es inalterable, con el futuro, concretamente el contingente, no sucede lo mismo. Pero, ¿por qué hablamos de futuros contingentes? ¿Acaso puede haber futuros que no fueran meras posibilidades sino que fueran necesarios, esto es, que estuvieran determinados en tiempo y en el espacio? Debemos tener presente que hablar del futuro implica inevitablemente hacer un salto del logos a la physis, un salto del ámbito de lo posible al ámbito de lo fáctico. Siguiendo con el epígrafe, Aristóteles nos da como cierto que “si toda afirmación o negación es verdadera o falsa, también necesariamente todo lo afirmado o negado ha de darse o no darse”, es decir, que sí aceptamos el principio de bivalencia (PB)donde una proposición sólo puede ser verdadera o falsa – implicará que lo que afirmamos o negamos de la proposición tendrá que darse o no necesariamente.

Presentados y aceptados los dos principios, PTE y PB, Aristóteles expone el ejemplo de una predicción sobre el futuro, donde un individuo asegura que algo será mientras que otro dice que no será, en este momento, parece claro afirmar que uno de los dos individuos dirá necesariamente la verdad teniendo en cuenta que toda afirmación ha de ser verdadera o falsa (PB), y que ambas no pueden darse a la vez, es decir, no cabe una tercera posibilidad (PTE). Luego, “necesariamente la afirmación o la negación ha de ser verdadera”. Posteriormente, Aristóteles enuncia que “entonces nada es ni llega a ser por azar, […] ni será o no será”, que como podemos encontrar en la nota 63, lo que quiere decir es que no tiene abierta por igual la posibilidad de ser que la de no ser, es decir, que, en este momento, nos habla no de un futuro contingente, sino necesario pues el azar no juega ningún papel. Es en este punto donde Aristóteles expone el argumento fatalista, “todas las cosas son lo que son por necesidad y no cualquier cosa al azar”, ya que si no fuera así “lo mismo podría llegar a ser que no llegar a ser”. La tesis fatalista expone la creencia de que el futuro está predeterminado, es decir, que somos impotentes para cambiar lo que ha de pasar, que el futuro es, en este sentido, como el pasado. De la misma manera que lo que ha pasado no depende de lo que nosotros hacemos ahora o de nuestra voluntad, tampoco lo que ha de pasar está en nuestro poder, por tanto, todo lo que ha de pasar está ya escrito.

Aristóteles prosigue su exposición del argumento fatalista con una de las bases de dicho argumento que es la atemporalidad de la verdad diciendo que si algo es ahora, también se podía enunciar con verdad antes que lo sería, así que “de modo que siempre era verdad decir, de cualquiera de las cosas que llegaron a ser, que sería; y, si siempre era verdad decir que es o que será, no es posible que tal cosa no sea ni vaya a ser”. Así, pues, “todo lo que será es necesario que llegue a ser”, pero para ser así no tiene que ser por azar, “pues, si fuera por azar, no sería por necesidad” y ya no sería algo necesario.

Seguidamente, Aristóteles nos advierte que tampoco podemos “decir que ninguna de las dos cosas es verdad”, es decir, que si será ni no será; ya que en estos casos y otros por el estilo llevarían a absurdos puesto que es necesario de toda afirmación y negación opuestas que una sea verdadera y la otra falsa. Por ello dice que no hay porque preocuparse, que no sirve de nada reflexionar pues “de modo que necesariamente será cualquiera de las dos cosas que en aquel momento era verdad decir que sería”. Es muy importante esta idea, en la que pone de manifiesto que los hechos son totalmente independientes de que alguien pueda llegar a afirmarlo o a negarlo, en palabras de Aristóteles: “las cosas o serán o no serán no por afirmarlas o negarlas”. Por lo tanto, es necesario que suceda esto o lo otro pues “lo que se dijera con verdad que había de ser no podría no llegar a ser; y lo que llegara a ser siempre sería verdad decir que había de ser”. En el momento en que todo hecho ocurriese de modo necesario, no sería posible deliberar, lo que le llevará a continuación a aceptar los futuros contingentes, por encima de todo futuro necesario. Pero ello implicaría que es necesario renunciar al PTE o PB en los futuros contingentes porque derivan en fatalismo, pues el valor de verdad sobre los enunciados futuros está determinado antes de que los hechos ocurran o no ocurran. Lo cual implicarían que los futuros serian necesarios y no contingentes.

En un segundo momento el discurso de Aristóteles varía y advierte que no todas las cosas son ni llegan a ser por necesidad, sino que algunas cosas son o llegan a ser por azar, es decir, que tienen la misma posibilidad que lleguen o no lleguen a ser, futuro contingente. Cito: “Así, pues, es necesario que lo que es, cuando es, sea, y lo que no es, cuando no es, no sea; sin embargo, no es necesario ni que todo lo es sea ni que todo lo que no es no sea”. Lo que quiere decir aquí Aristóteles es que no todo lo que es o no es se da o no se da de forma necesaria e inevitable, sino que, igual que es, podría no haber sido, y viceversa. Para una mejor exposición recurre al ya famoso ejemplo de la batalla naval, en la que se afirma que “mañana habrá una batalla naval”, en este caso se produce una predicción, una afirmación sobre un futuro contingente en el que no es necesario que se produzca, al igual que tampoco sería necesario decir que no se produzca. Se produce un mal razonamiento cuando se piensa que cuando se afirma el PTE y decimos que necesariamente algo será o no será implicará que necesariamente será o necesariamente no será. Dicho de otro modo, una proposición cualquiera sobre el futuro contingente no es necesariamente verdadera, ni necesariamente falsa, sino que es necesariamente verdadera o falsa. Aristóteles argumenta que se dan absurdos si toda proposición singular sobre futuro es o necesariamente falsa o necesariamente verdadera, absurdos que se evitan si se admite que un enunciado cualquiera sobre futuro es o verdadero o falso, pero no necesariamente verdadero ni necesariamente falso. En este sentido la batalla naval es el ejemplo paradigmático, pues no es el objetivo de Aristóteles sostener que necesariamente ocurrirá la batalla naval, o que necesariamente no ocurrirá la batalla naval, sino que ocurrirá o no: “necesariamente, mañana habrá o no habrá una batalla naval, pero no que sea necesario que mañana se produzca una batalla naval ni que sea necesario que no se produzca; sin embargo, es necesario que se produzca o no se produzca”. Por tanto, sí que es necesario decir que “mañana habrá o no habrá una batalla naval”, pues como dice Aristóteles, “es necesario que se produzca o no se produzca”. Pero, no se puede afirmar que es necesario que una u otra sea necesariamente verdad, puede que sea verdadera una más que la otra pero no verdadera o falsa, necesariamente, en el momento de realizar la predicción, es decir, que una puede tener más posibilidades de ser verdadera, pero en ningún momento estará determinada de antemano para serlo.

Para poder afirmar con verdad absoluta sobre hechos venideros y que todavía no tuvieron lugar tendríamos que poder estar por encima del tiempo y del porvenir, es decir, situarnos más allá de la dimensión espacio-temporal en la que estamos sumergidos y colocarnos en una posición trascendental, al margen del pasado, presente y futuro; lo que podríamos denominar presente absoluto o eternidad. Sin embargo, en tanto en cuanto somos en el tiempo no podemos conocer de un modo absoluto y seguro si lo que está por pasar es algo necesario o contingente.

Cuando tenemos tres proposiciones: una sobre el futuro, otra sobre el presente y otra sobre el pasado; véase: “Mañana  lloverá”, “Hoy llueve” y “Ayer llovió”; podemos afirmar con total seguridad, es decir, con verdad, de las dos últimas que serán verdaderas pues el hecho de que llueva corresponde con lo afirmado, pero dado que el hecho que llueva (mañana) todavía no ha ocurrido parece indicar que la proposición carece de valor veritativo; aún cuando el hacedor de verdad es el mismo para las tres proposiciones, el hecho de que llueva. Según la tesis fatalista se da como verdadera la atemporalidad de la verdad, es decir, la verdad o falsedad de una proposición es independiente del tiempo o lugar en el que fue enunciada, ya el propio Aristóteles expone que la verdad es independiente de lo que digan o piensen los hombres, solo los hechos se corresponden con la verdad. Por tanto, se produce un indeterminismo pero éste es epistémico dado que debido a nuestra temporalidad no podemos afirmar o negar con seguridad sobre hechos futuros, pero no implica que haya un indeterminismo factual. Como en todo problema metafísico, no tenemos una solución definitiva, sólo conjeturas y argumentos, más o menos, plausibles. Como he comentado antes, para afirmar con absoluta verdad un hecho futuro deberíamos estar por encima del tiempo y del espacio, algo que se nos antoja imposible. Por tanto, debo concluir que toda afirmación sobre el futuro no es más que una conjetura; y que si el futuro es necesario o contingente, es decir, aceptar o no la tesis fatalista parece que es algo incognoscible para el ser humano.

Jandroche.

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Un pensamiento en “Aristóteles y el fatalismo

  1. Jonás dice:

    Buenísimo, pero no me convence ese indeterminismo, no podría responderse la pregunta ¿puede conocerse la verdad? ¿la verdad existe o no existe? está claro que la verdad puede conocerse y existe, de lo contrario, las verdades particulares no podrían ser conocidas, entonces, la verdad puede conocerse, incluso en sentido absoluto, debido a que conocer la verdad es posible, de no ser posible conocer la verdad, sería como aceptar la negación de la posibilidad del conocimiento de la misma, luego, “la negación del todo es afirmar la nada”, si uno afirma que no existe un todo, entonces no existen ninguna de sus partes (dado que a un todo siempre lo constituyen sus particulares), entonces, “la negación del todo es la afirmación la nada”, cosa que es a todas luces ilógica, existe la totalidad, luego, Dios existe, dada su anterioridad, su existencia absolutamente pretérita y primera (existencia pretérita y primera que obviamente lo coloca anterior a todo, al materialismo, a toda la causalidad), Apocalipsis 1:8.

    8 Yo soy el Alpha y la Omega, el principio y el final
    de todas las cosas, dice el Señor Dios, que es, y
    que era, y que ha de venir, El Todopoderoso.

    La Vulgata 1832.

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