Nietzsche, el filósofo enmascarado

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Friedrich Wilhelm Nietzsche (1844 – 1900) es uno de los mayores pensadores contemporáneos que ha concebido Occidente. Es considerado uno de los tres Maestros de la sospecha junto a Karl Marx y Sigmund Freud, según el apelativo utilizado por Ricoeur. Además podemos añadir que es un filósofo poeta que nos atrae con el esplendor de su estilo, que nos seduce y cautiva con una fascinante estética, pero sin duda, lo más importante es que la esencia de su carácter filosófico está oculto bajo máscaras. Nietzsche pone de manifiesto la sospecha de que el camino recorrido por la humanidad, principalmente en los últimos dos mil años, ha sido un camino errado, que, ahora, el hombre se encuentra perdido. Por ello es necesario una vuelta atrás, replantearse todo aquello que es considerado como bueno y verdadero. Nietzsche representa una crítica extrema a la religión, a la moral y, sobre todo, a los cimientos del conocimiento humano, considerados como filosofía y ciencia. Hegel creía que se podía concebir la historia de la humanidad como un proceso evolutivo del espíritu, donde épocas anteriores tienen valor propio con resultados positivos para la evolución histórica de occidente. Por el contrario, Nietzsche opta por una repulsión del pasado, un rechazo a los convencionalismos y a toda tradición que nos impulsa necesariamente a una postura radical de vuelta atrás. Por ello, un factor de gran importancia en la filosofía nietzscheana, no es sólo su lucha contra la moral y la religión tradicionales, sino su crítica total a toda la cultura, en palabras de E. Fink: la ataca con una pasión desmedida, con un odio desenfrenado y una amarga ironía.

Por lo tanto, nos encontramos en un contexto donde el hombre se ha perdido, se encuentra en un estado de esclavitud que él mismo ha forjado, pues ha colocado sobre su vida tremendos pesares, ha puesto en un pedestal lo sobrehumano, venerándolo como algo sagrado que organiza y cimienta el curso de su vida. La religión, la metafísica y la moral son las formas de esta esclavitud. El hombre idolatra lo que él mismo ha creado, se somete a lo sobrehumano sin saber ya que fue él mismo el que creó y colocó esos pesares en su pedestal. Lo sobrehumano debe considerarse sólo como apariencia, pues representa algo humano, un deseo, una voluntad antropomórfica; son espejismos fruto de la esencia creadora del hombre que ahora lo sitúan fuera de todo ello, sometido a ello, convirtiéndolo en el siervo de su propia creación. Este trágico y decepcionante descubrimiento en el que está sumergido el ser humano revela los trasfondos demasiado humanos en los que está sumido lo absoluto, lo ideal, lo universal. Asimismo, este descubrimiento supone, no sólo la destrucción de todos los cimientos de la religión, la metafísica y la moral que el hombre ha construido sobre su existencia, sino que además da lugar a una transformación del hombre, un notorio cambio de actitud que favorece la metamorfosis de la existencia humana. Esta metamorfosis acaecida en el hombre supone, a su vez, que ya no busque los fines de su existencia fuera de él, sino dentro de sí mismo. Su vida ya no debe estar estructurada de antemano por ningún precepto moral, ni por ningún trasfondo metafísico, ni mucho menos estar regida por ningún poder sobrehumano y divino. El hombre, pues, se ha hecho libre.

Una vez realizado un breve y prosaico preludio sobre la figura nietzscheana voy a concentrarme en un texto escrito por Nietzsche en 1873, pero el cual fue publicado póstumamente. El texto en cuestión lleva por título: Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Dicho texto se centra, como bien nos tiene acostumbrados este maestro, en una radical crítica al antropocentrismo que gobierna los cimientos de nuestra cultura desde su más primario origen, en el que encontramos el lenguaje y la creación de conceptos. Igualmente resalta la tendencia humana de enmascarar lo cotidiano y singular bajo lo ideal y lo universal, tendencias que son parte fundamental de la teoría platónica y la tradición religiosa, que aunque no son mencionadas en el texto, se encuentran en el trasfondo de esta soberbia crítica realizada, a su vez, de forma exquisita, con una estética y una poética que más parecen de un poeta que de un filósofo. Como bien podemos ver en el comienzo del texto, donde además nos introduce el tema principal en cuestión: ‘En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la Historia Universal […] cuán sombrío y caduco, cuán estéril y arbitrario es el estado en el que se presenta el intelecto humano… que no es sino humano’.  

El intelecto humano es presentado como un recurso de seres efímeros, un recurso por el cual el hombre, que se encuentra débil y desorientado en la naturaleza, desea estructurar una naturaleza sumida en la variación y en el continuo cambio. Nietzsche expone que la naturaleza no está sujeta por leyes matemáticas como cree el cientificismo, sino que el mundo y la vida misma, están regidas por el cambio. El hombre teme el cambio, pues representa lo desconocido. Ante este desconcierto, utiliza el intelecto como medio de conservación del individuo, que no es más que la utilización del arte de fingir, del engaño y la mentira, del enmascarar, del uso encubridor de convencionalismos que, fruto de una necesidad por ser empujados a vivir en sociedad, le alejan del camino hacia la verdad. Nietzsche, al contrario de Kant y todos sus hijos intelectuales: Scheller, Fichte, Hegel y Schopenhauer, no busca en la filosofía una estructuración, un orden que tienda hacia una sistematización de su pensamiento, sino que, por el contrario, Nietzsche es desbordado por la pasión, por una búsqueda vibrante, nerviosa y pasional hacia la verdad. Sin embargo, no se detiene ante ningún resultado, a pesar de todas las respuestas, sigue preguntando siempre insaciable y ello es algo que lo martiriza. Pues, no busca la verdad para hacer de ella su sistema, una doctrina la cual defender de manera dogmática, sino que se encuentra en un estado de continua búsqueda, de continua caza del conocimiento cabal, de poner al desnudo, de descubrir y revelar todos los secretos de cada objeto intelectual. Pero no se detiene en ninguno de ellos, no los posee, pues sabe que ninguna de esas tomas de posesión del conocimiento es en sí una verdadera posesión, pues ‘quien cree estar en posesión de la verdad, ¡cuántas cosas no deja escapar!’. Por ello, Nietzsche no guarda fidelidad a ningún sistema filosófico, más aún critica todo sistema anterior, sin construir su propio sistema, su refugio intelectual.

Es, justamente, bajo la necesidad del individuo de existir en sociedad por la cual el hombre utiliza el intelecto para generar un tratado de paz y procurar que desaparezca del mundo la guerra de todos contra todos y así evitar el conflicto entre los hombres. Asimismo, Nietzsche, interpreta de una forma pragmática la función del intelecto humano, debido a que el intelecto está al servicio de la voluntad de vivir, la supervivencia del ser humano descansa en una ilusión. Este tratado no es más que un truco, un engaño, pues ‘el hombre se deja engañar por la noche en el sueño, sin que su sentido moral haya tratado nunca de impedirlo’. Este invento le sirve para designar de forma válida y obligatoria todas las cosas, ‘el poder legislativo del lenguaje proporciona las primeras leyes de verdad’, pues se necesita constatar que algo es verdad entre la totalidad de los hombres. Es en este momento en el cual se origina por primera vez la dicotomía entre verdad y mentira. Sin embargo, verdad y mentira, en este texto, no significan que sean en el hombre el fruto de un comportamiento consciente, sujeto a su voluntad, pues no tienen para nada una designación moralista como podemos encontrar en otras obras de Nietzsche como la Genealogía de la moral, sino que se trata de ver qué papel desempeñan en el todo del mundo. La verdad o falta de verdad moral se forma dentro de la interpretación del mundo que hace el intelecto humano, pero no podemos conocer cuán de verdadero es el intelecto mismo o hasta qué punto aprehende lo verdaderamente real; esto es una cuestión distinta. Nietzsche no se plantea en absoluto si el intelecto es un lugar superior situado fuera de éste. Sin embargo, nos muestra que la capacidad humana de conocer es deplorable. Nietzsche utiliza una visión biológica para hablar del intelecto humano desde fuera de él. Es el hombre quien ha creado arbitrariamente lo que es verdad y bajo este hecho rechazará instintivamente, expulsándole de su seno, a quien use las designaciones acordadas como verdades, para hacer aparecer lo irreal como real. El intelecto es, junto con todas sus verdades, una mentira. Nietzsche nos asegura que los hombres prefieren, más que la verdad o evitar ser engañados, no ser perjudicados con el engaño, desean las consecuencias beneficiosas de la verdad, no la verdad misma. Por ello el impulso de los hombres por conocer la verdad surge de la necesidad de los hombres por el bienestar, por aquello que los hace felices.

En este punto, Nietzsche nos plantea cómo concuerdan las designaciones con las cosas designadas, qué tipo de relación hay entre la palabra y el objeto en sí. El hombre utiliza el lenguaje para conocer, pero ‘¿es el lenguaje la expresión adecuada de todas las realidades?’ El lenguaje es una síntesis de acuerdos y convencionalismos. Nietzsche niega que en esa correspondencia haya una verdad. Nos muestra que una palabra es tan solo una reproducción de sonidos de un impulso nervioso, que el lenguaje es un producto arbitrario y humano, es nuestra construcción de lo real. Podemos ver que al comparar diferentes lenguajes se pone en evidencia que con las palabras jamás se llega a la verdad, ni siquiera a una expresión adecuada, pues el objeto, la cosa en sí es totalmente inalcanzable. La creación del hombre, el lenguaje, es todo lo que poseemos y no son más que metáforas de aquello a lo que corresponden y nunca se podrá llegar con ello a la esencia de las cosas. Seguidamente, se centra en los conceptos, los cuales tan solo son abstracciones de casos generalizados, ‘todo concepto se forma por equiparación de casos no iguales’, es decir, no sirven para designar los objetos individuales y las experiencias singulares a las que deben su origen ya que el concepto debe servir para numerosos objetos y experiencias. El concepto se forma dejando a un lado las características particularizantes y distintivas que no están en común entre los casos individuales, formando así una abstracción o un arquetipo ideal. Aún así, Nietzsche afirma que desconocemos todo lo relativo a las cualidades esenciales y, por tanto, sólo cabe la arbitrariedad y los convencionalismos a la hora de forjar los conceptos, que no son sino construcciones antropomórficas que para nada surgen de la esencia de las cosas. ‘¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible’. Considero que no hay mejor explicación sobre la verdad que ésta, proporcionada por Nietzsche en el texto. Encontramos, pues, una mentira en el lenguaje y en los conceptos, entendiendo mentira en sentido extramoral; las verdades que captamos de la realidad son sólo las que nosotros aportamos, las sumas de nuestras experiencias. Eso quiere decir que cuando una persona nombra un objeto piensa en una imagen distinta de cuando otra persona nombra ese objeto. El verdadero sentido de las cosas es dado por los hombres, como hombres, más o menos conscientes, en tanto individualidad del sujeto, muestran su concepción de la realidad a través de las construcciones de su interior. La verdad es un constructo, y sólo la humanidad, hace de él el centro de todo. A pesar de todo, no conocemos aún de dónde procede ese impulso hacia la verdad. Nietzsche hasta el momento se ha centrado, según términos morales, ‘al compromiso de mentir de acuerdo con una convención firme’. Sin embargo, el hombre desconoce que miente inconscientemente y precisamente, en virtud de esta inconsciencia, adquiere el sentimiento de la verdad. Y es justamente a partir de este sentimiento de compromiso convencional de designar una cosa como tal, cuando surge un movimiento moral hacia la verdad. Bajo estos presupuestos, el hombre como ser racional pone sus actos al servicio de los conceptos, de abstracciones. Todo lo que hace al hombre estar por encima del animal es esta capacidad de disolver las esencias en conceptos. ‘El hombre como poderoso genio constructor, que acierta a levantar sobre cimientos inestables una catedral de conceptos infinitamente compleja’. Asimismo, la verdad tiene un valor limitado, pues es antropomórfica y no contiene un solo punto que sea verdadero en sí, real y universal, si prescindimos de los hombres. Aquellos hombres que busquen tal verdad, convencional y arbitraria, tan solo buscan la transformación del mundo en el mundo de los hombres. Su forma de proceder es tomar al hombre como centro de todo, de esta manera parte del error de creer que tiene el mundo ante él, de manera inmediata.

De la misma manera, Nietzsche nos expone que es únicamente por el hecho de que el hombre se olvide de sí mismo como sujeto, y sobre todo como sujeto artísticamente creador que consigue vivir con cierta calma y seguridad. Si el hombre consiguiera salir de esta creencia que lo esclaviza, aunque sólo fuera un momento, se desvanecería al instante su conciencia de sí mismo. El mundo es percibido de forma similar, aunque con ciertas variaciones, en distintos sujetos, y es percibido de manera totalmente diferente entre distintas especies. Sin embargo, la cuestión de cuál de todas las percepciones del mundo es la correcta carece totalmente de sentido, pues para responder a esta cuestión deberíamos conocer primero la forma de percepción correcta y, ésta, nos es imposible de conocer ya que no tenemos forma alguna de determinar cuál es la percepción ideal o correcta. Esta percepción ideal o correcta es la expresión válida que se debe formar en el sujeto de un objeto. Por lo que respecta a Nietzsche, esta cuestión le parece absurda y llena de contradicciones debido a que estamos comparando o poniendo en común dos esferas absolutamente distintas, como son el sujeto y el objeto. Entre ellas, nos señala Nietzsche, sólo podemos sacar a relucir una conducta estética, una conducta que medie entre ambas y deje el camino libre para poetizar e inventar. Además añade que la esencia de las cosas no puede existir en el mundo empírico. La repetición de la metáfora no conlleva la necesidad y la legitimación de dicha metáfora. Ahora bien, si cada sujeto tuviese una percepción del mundo totalmente diferente, entonces sería imposible hablar de una regularidad en la naturaleza, tan solo se podría concebir el mundo como una creación claramente subjetiva. Por otro lado, las leyes de la naturaleza no se nos muestran como tal, sino que sólo tenemos conocimientos de ellas a través de sus efectos. Toda esta construcción de la realidad resulta de la producción artística de metáforas por parte del hombre, es mediante estas metáforas como el hombre percibe el mundo y que sobre ellas, mediante la persistencia y herencia, se ha construido el edificio de los conceptos. Además, esta construcción del conocimiento está fundamentada en la base de las metáforas de las relaciones de espacio, tiempo y número.

Con todo esto llegamos a la segunda parte del texto, donde Nietzsche ataca más directamente al cientificismo afirmando que la ciencia pretende estructurar (matematizar) el mundo para dar al hombre la seguridad que tanto busca. Por ello, en la construcción de los conceptos trabaja originariamente el lenguaje y más tarde la ciencia. Es la ciencia la que se encarga de construir nuevos conceptos, de revisar los antiguos, de apilar y ordenar dentro de los cimientos del conocimiento todo el mundo empírico, es decir, el mundo antropomórfico. El científico, el investigador, construye su torre de conceptos junto con las bases científicas, sin embargo, se mueve entre conceptos sin saber ya que estos son únicamente metáforas vacías que han perdido su sentido. Ya hemos señalado que la voluntad de verdad es tan solo el residuo de la construcción artística producida de la realidad, del mundo por el hombre, mientras que el concepto es tan solo ya una cáscara vacía. En esta segunda parte, Nietzsche distingue dos tipos de hombres: el hombre racional y científico, y el hombre intuitivo y artístico.

El hombre científico se contrapone, pues, al hombre intuitivo, artístico. Ambos quieren dominar el mundo y su vida, pero mientras que el primero se refugia en los conceptos considerándolos como la esencia misma de las cosas, se sirve de la previsión, los datos y la regularidad; el segundo conoce el engaño de todas las cosas establecidas, y también el de las metáforas, conoce la belleza de la vida disfrazada y se mueve libremente frente a la realidad: es creador y produce imágenes. El artista toma aquello que le interesa porque eso mismo es lo que le hace feliz. El primer tipo de hombre, representado por el cientificismo, cree que en el mundo todo es regular y previsible, por ello a este hombre sólo le son posibles las desgracias debido a que la vida es continuo cambio y por ello nunca alcanzará la felicidad. Por otro lado, el segundo tipo de hombre, el artista, es más irracional, tanto en el modo de sentir el sufrimiento como la felicidad. Nietzsche establece que el hombre intuitivo, el artista, es superior al lógico y al científico. Pues mientras el científico pasa la vida intentando poner orden y hacer ordenada la realidad, el artista consigue alcanzar momentos felices. El hombre ya no tiene que ser dirigido por los conceptos sino por las intuiciones. Nietzsche toma partida en contra del teórico y a favor del artista. El arte se le presenta como el órgano verdadero de la filosofía, pues es el fondo primordial del ser mismo, ya que el artista juega formando mundos. Puesto que el universo no es previsible, no es regular, no se puede ordenar. No tiene sentido que el hombre pierda el tiempo, el cientificismo sólo consigue que el hombre crea que puede alcanzar la verdad y lo que tiene que hacer es tratar de alcanzar la felicidad. En la raíz de todo esto, encontramos al hombre que tiene miedo al cambio, a lo desconocido. Y sobre esta base, Nietzsche se centrará para dar lugar al hombre que denominó Übermensch (superhombre), es decir, aquel hombre que acepta el cambio, lo desconocido que está presente en la vida. Pues la vida es pasión, es cambio, es una situación distinta tras otra de la que nada se puede prever ya que el mundo y la vida están llenos de cambios y contradicciones.

 

Referencias bibliográficas:

–          Nietzsche, F., Sobre verdad y mentira en sentido extramoral.

–          Fink, E., La filosofía de Nietzsche, Alianza Editorial, 1976.

–          Zweig, S., La lucha contra el demonio, Acantilado, 1999.

–          Deleuze, G., Nietzsche y la filosofía, Editorial Anagrama, 1971.

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2 pensamientos en “Nietzsche, el filósofo enmascarado

  1. Juan Carlos dice:

    Muy buen artículo. Me gustó mucho; además aprendí algo que debía aprender sobre Nietzsche.

    muchas gracias

  2. janusz dice:

    El fondo filosófico de la obra de Nietzsche bebe de los sofistas griegos. Por ejemplo, su poco original afirmación de que la verdad es una construcción antropomórfica ya está contenida dos mil años atrás en la popular máxima del sofista Protágoras, según la cual “el hombre es la medida de todas las cosas”.

    Para otra interpretación de la obra de Nietzsche recomiendo la lectura de la obra de Nicolas Gonzalez Varela: “Nietzsche contra la democracia: el pensamiento político de Friedrich Nietzsche (1862-1872)”

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