El Don Juan del conocimiento

Nietzsche_by_lukemack

 

Lo que importa no es la vida eterna, sino la vitalidad eterna.

Kant vive con el conocimiento como quien vive con la esposa; duerme con él, durante cuarenta años, en el mis­mo lecho espiritual y, con él, engendra toda una genera­ción alemana de sistemas filosóficos, cuyos descendien­tes viven aún entre nosotros en nuestro mundo burgués. Sus relaciones con la verdad son de un orden puramente monogámico, así como lo son para todos sus hijos inte­lectuales: Schiller, Fichte, Hegel y Schopenhauer; lo que los arrastra hacia la filosofía es una voluntad de orden; una voluntad muy alemana, objetiva, profesional, para disciplinar el espíritu; en modo alguno demoníaca, sino, al contrario, una voluntad que tiende hacia una sistematización del destino. Sienten el amor a la verdad como un amor hondo, duradero y fiel. Pero ese sentimiento está desprovisto enteramente de erotismo y del deseo de con­sumir, de dominar, ya a uno mismo, ya a otros; sienten la verdad, su verdad, como una esposa o bien propio del que no han de separarse hasta la hora de la muerte y al que han de ser siempre fieles. Pero en estas relaciones hay algo que huele a doméstico, a casero, y, efectivamen­te, cada uno de ellos se ha edificado su casa, es decir, su sistema filosófico, para albergar a su amada. Y trabajan con mano maestra el campo de su espíritu, con arado y rastrillo, ese campo que les pertenece y que han con­quistado para la humanidad, arrancándolo de la confusión del caos. Cautelosamente van poniendo, cada vez más lejos, los mojones que marcan el límite de sus conocimientos desde el seno de la cultura de su época, y sa­ben aumentar, con su sudor y su trabajo, la cosecha intelectual.

En cambio, la pasión de Nietzsche por saber viene de un temperamento muy distinto, de un lugar que está en los antípodas de lo anteriormente dicho. Su posición frente a la verdad es demoníaca, pasional, vibrante, ner­viosa y ávida, nunca se ahíta ni se agota, no se para en un resultado y, a pesar de todas las respuestas, sigue pre­guntando implacablemente, siempre insaciable. Nunca busca la verdad para hacer de ella una esposa, un siste­ma, una doctrina a los que se debe fidelidad. Todos los conocimientos lo atraen y ninguno lo sujeta. Tan pronto como un problema ha perdido la virginidad, el encanto del pudor, lo abandona sin piedad y sin celos a los que van detrás, como hacía don Juan ‑hermano suyo por los instintos‑ con las mille a tre que ya no le interesaban. Pues, como hace todo gran seductor que busca a la mu­jer en las mujeres, Nietzsche busca el « conocimiento ca­bal» en los conocimientos aislados, y el conocimiento cabal es algo eternamente imposible, eternamente inac­cesible. Lo que martiriza a Nietzsche no es la lucha por el conocimiento, no es su conquista, su posesión, su dis­frute, sino la eterna pregunta, la búsqueda, la caza. Su pasión es incertidumbre y no-certeza; por tanto, es una voluntad « vuelta hacía la metafísica» y que consiste en amour‑plaisir del conocimiento; un deseo demoníaco de seducir, de poner al desnudo, de violar cada objeto inte­lectual; un conocer en el sentido bíblico, donde el hom­bre « conoce» a la mujer y, por decirlo así, descubre su secreto. Nietzsche, eterno relativista de los valores, sabe que ninguno de esos actos de conocimiento, ninguna de esas tomas de posesión, es una verdadera posesión, un conocimiento definitivo, y que la verdad, en su verdade­ro sentido, nunca se deja poseer por nadie, pues «quien cree estar en posesión de la verdad, ¡cuántas cosas no deja escapar!». Por eso Nietzsche no trata de conservar a su lado la Verdad, por eso no construye nada como refugio intelectual; quiere (o quizá sería mejor decir «debe», pues va forzado por su naturaleza nómada) per­manecer siempre sin posesiones, como un Nemrod soli­tario que pasea sus armas por todos los boscajes del es­píritu, que no tiene techo, ni mujer, ni hijos, ni criados, pero que, en compensación, tiene el pleno goce del pla­cer de la caza. Igual que don Juan, busca, no la posesión del placer, ni su prolongación, sino sólo «los grandes y encantadores instantes», sólo le atraen las aventuras del espíritu, aquellos peligrosos «tal vez», en cuya persecu­ción uno se enciende y estimula, pero que si se los alcan­za nunca sacian; no busca un botón, sino (como él mis­mo dice en Don Juan del conocimiento) «el espíritu, el cosquilleo y el placer de la caza o las intrigas del conoci­miento, hasta sus más altas y lejanas estrellas, hasta que nada le queda por perseguir, sino los conocimientos per­niciosos, como el bebedor que, al final, acaba por beber ajenjo o ácido corrosivo».

Pues, en el concepto de Nietzsche, don Juan no es un epicúreo ni un gran gozador; para ello le falta a ese aris­tócrata, a ese gentilhombre de nervios sensibles, el romo placer de la digestión, el perezoso contentamiento de la saciedad, la satisfacción y la fanfarronería del triunfo. El cazador de mujeres es (como el Nemrod del espíritu) el eterno perseguidor de su propio instinto. El seductor sin escrúpulos es seducido, a su vez, por su insaciable curio­sidad; es un tentador que es tentado continuamente por la tentación de tentar; así Nietzsche pregunta por el placer de preguntar, en inextinguible placer psicológico. Para don Juan, el secreto está en todas y en ninguna de las mujeres: en cada una de ellas, cada noche; en ningu­na, para siempre. Así, para el psicólogo, la verdad está momentáneamente en cada problema, pero en ninguno de ellos existe perennemente.

La vida intelectual de Nietzsche no tiene nunca, pues, un punto de reposo ni una superficie lisa como un espejo; es completamente parecida a un torrente, siem­pre variable, llena de rápidos zigzags, de meandros y de corrientes violentas. En otros filósofos alemanes, la exis­tencia discurre con tranquilidad épica; su filosofía con­siste en hilar cómodamente y hasta mecánicamente el hilo que antes estaba enredado; filosofan sentados, con sus miembros cómodamente descansados, y, durante el acto de pensar, apenas se nota una mayor afluencia de sangre a sus cerebros o algo de fiebre en su destino. Kant nunca da la sensación de un espíritu agarrado por los vampiros del pensamiento y espoleado perpetuamente por la necesidad de crear o elaborar ideas; y la vida de Schopenhauer, a partir de sus treinta años, después de haber creado El mundo como voluntad y como represen­tación, tiene, a mi modo de ver, un cierto parecido con la vida de un hombre jubilado ya, con todas las pequeñas amarguras de una carrera que se ha detenido. Todos avanzan con paso firme, seguro y medido, por un cami­no que ellos mismos han elegido, mientras que Nietzsche (como las aventuras de don Juan) tiene un sello altamen­te dramático; forma una cadena de episodios peligrosos y sorprendentes, una tragedia sin reposo, llena de ince­santes emociones y de peripecias a cuál más vibrante; y todo acaba en una inevitable caída a un abismo sin fon­do. Y precisamente esa ausencia de todo reposo, esa ne­cesidad de pensar, ese impulso demoníaco de seguir ade­lante, son lo que da a esa existencia única una fuerza trágica, inaudita, y un sabor seductor de obra de arte, porque nada hay en ella de profesional o de burgués. Nietzsche está maldito, está condenado a pensar conti­nuamente, como el cazador de la leyenda está condena­do a cazar eternamente; lo que era un placer, se convier­te en un tormento, en un pesar, y su aliento tiene el ritmo y el fuego de una pieza de caza acosada; su alma time los ardores y las depresiones de un hombre sin reposo, que nunca puede estar satisfecho. Por eso sus lamentos de ­Ahasverus son tan emocionantes, así como lo es el grito que exhala a partir del momento en que querría la tranquilidad y el placer del reposo; pero lo espolea siempre el aguijón del eterno descontento y lo obliga a levantarse para seguir el camino: «Uno ama algo y, apenas ese algo se convierte en un amor profundo, el tirano que lleva­mos dentro (que podríamos llamar nuestro «yo» supe­rior) dice: eso es precisamente lo que lo pido en sacri­ficio. Y, en efecto, lo sacrificamos, pero no sin ser torturados a fuego lento.» Siempre estas naturalezas de don Juan deben abandonar la voluptuosidad del conocimiento, los dulces abrazos femeninos. Porque el de­monio que los lleva cogidos por la nuca les hace seguir avanzando (el mismo demonio de Hölderlin, el mismo demonio de Kleist, el mismo demonio de todos los faná­ticos del infinito). Y el grito de Nietzsche, cuando surge, cuando estalla, suena agudo, áspero, como el alarido de una pieza de caza herida por la flecha. Y ese grito de Nietzsche, eterno perseguido y acosado, dice así:

Por todas partes hay para mí jardines de Armidas y por todas partes hay, por tanto, desgarramientos y amarguras para el corazón. Necesito levantar el pie fatigado y herido y, ya que es necesario que así lo haga, he de dirigir una mirada de pesar ha­cia todo lo hermoso que he ido dejando atrás y que no ha sabi­do retenerme… Precisamente por eso, porque no ha sabido retenerme.

Ese grito de su alma no tiene parangón posible, no hay otro grito tan irresistible como ese, que brota de lo más hondo del sufrimiento; no hay nada semejante en todo lo que, anteriormente a Nietzsche, se escribió en Alemania con el nombre de Filosofía; quizá lo haya entre los místicos de la Edad Media o entre los herejes. En los santos de la época gótica se encuentra a veces una excla­mación impregnada de un dolor parecido, puede ser que más sordo y a través de unos dientes más apretados y con palabras más sobriamente vestidas. Pascal, que se en­cuentra también sumergido en el purgatorio de la duda, conoce estas convulsiones, esos aniquilamientos del al­ma inquieta, pero nunca, ni en Leibniz, ni en Kant, ni en Hegel, ni siquiera en Schopenhauer, encontramos ese acento emocionante. Pues, por leales que sean esas natu­ralezas científicas, por valerosa y resuelta que pueda parecer su concentración en el todo, no se arrojan, sin embargo, de esa manera con todo su ser, sin contem­placiones, de corazón, con nervios y entrañas, con todo su destino‑, a ese juego heroico de perseguir el conoci­miento. Sólo arden como las bujías, es decir, por arriba, por la cabeza, por el espíritu. Una parte de ellos mismos, la terrenal, la privada, y, por tanto, lo más personal de su existencia, queda siempre al abrigo del destino, mien­tras que Nietzsche pone en juego todo su ser, abordando en todo caso el peligro, no con las ligeras antenas de su pensamiento, sino con todas las voluptuosidades y tor­mentos de su sangre, con todo su ser, con todo su desti­no. Sus pensamientos no vienen solamente de arriba, sino que son también el producto de una fiebre que que­ma su sangre excitada, de una fiebre que procede de sus nervios vibrantes, de sus sentidos no satisfechos, de todo su sentimiento vital; por eso es por lo que sus pensamientos, como los de Pascal, se tienden trágicamente so­bre la historia pasional de su alma; con la consecuencia, elevada hasta el extremo, de aventuras peligrosas, casi mortales: un drama vivo que nosotros contemplamos emocionados (mientras que los otros filósofos ‑biógrafos no ensanchan ni una pulgada el panorama intelectual). Y, sin embargo, aun en su miseria y tristeza más extre­mas, no querría Nietzsche cambiar su vida, su vida peli­grosa, por la de otros, que es un modelo de orden, pues precisamente lo que están buscando los otros por mediación del conocimiento ‑una aequitas animae, un re­poso del alma, un muro de contención contra la ola de los sentimientos‑ es lo que más odia Nietzsche, porque disminuye la vitalidad. Para Nietzsche, tan trágico y tan heroico, la lucha por la existencia no es buscar protec­ción ni parapeto contra la misma vida; no ¡nada de se­guridad ni de bienestar! «¿Cómo podría uno sentir esta maravillosa inquietud, esa totalidad de existencia, sin in­terrogar, sin temblar continuamente de curiosidad y de placer por esa eterna pregunta?», inquiere Nietzsche or­gullosamente, menospreciando así a los espíritus domésticos, caseros, que viven satisfechos. Que se hielen en el frío de la certeza, que se encierren en la cáscara de un sis­tema; a él sólo lo atraen el revuelto oleaje, la aventura, la multiplicidad seductora, la tentación ardiente, el eterno encanto y la eterna desilusión. Que continúen los otros practicando su filosofía, encerrados en la frialdad de un sistema, como si fuera un negocio, aumentando honrada­mente y con economías lo que poseen hasta crearse una fortuna; a él le atraen el juego, la riqueza suprema, su propia existencia. Pues él, tan aventurero, ni aun su pro­pia vida anhela poseer; quiere algo más heroico: «No es la vida eterna lo que importa, sino la vitalidad eterna.»

Con Nietzsche aparece por primera vez, en el vasto mar de la filosofía alemana, el pabellón negro del pirata: un hombre de otra especie, de otra raza, un nuevo heroís­mo, una filosofía despojada de las vestiduras sabias, pero provista de una armadura para la lucha. Los navegantes del espíritu que lo han precedido, aunque heroicos y audaces, habían descubierto solamente imperios y conti­nentes con fines utilitarios, como conquista para la civilización y para la humanidad, a fin de completar también el mapa geográfico de la filosofía y conocer, cada vez más, la porción de terra incognita del pensamiento. Ellos plantan su bandera de Dios o del espíritu en las nuevas tierras que conquistan; edifican ciudades, templos, ca­lles en esas regiones antes desconocidas, y tras ellos lle­gan los gobernantes o los administradores para cultivar los nuevos campos y recoger sus cosechas, es decir, lle­gan los comentadores, los profesores, los hombres de cultura. Pero el sentido último de sus trabajos era el des­canso, la paz, la seguridad; quieren aumentar las pose­siones del mundo, propagar las normas y las leyes, todo lo que es orden superior. Nietzsche, al contrario, entra en la filosofía alemana como entraron en el Imperio es­pañol los filibusteros del final del siglo XVI, un enjambre de desesperados sin patria, sin amor, sin rey, sin bande­ra y sin hogar. Lo mismo que aquéllos, nada conquista Nietzsche para sí ni para los que lo siguen, ni para un rey, ni para un dios, ni aun para una fe, sino sólo por la satisfacción de la conquista misma, pues nada pretende ganar, ni poseer, ni conquistar. No hace pactos con na­die, ni se edifica ninguna casa, desprecia la estrategia fi­losófica y no busca secuaces: él, el eterno apasionado, el destructor de todo reposo gris, de toda habitación có­moda, desea únicamente saquear, destruir la propiedad, la paz y el goce de los hombres; desea tan sólo propagar, a sangre y fuego, esa vitalidad que él ama tanto como aman los hombres la tranquilidad y el reposo. Aparece de un modo audaz; echa abajo las murallas de la moral y las empalizadas de la fe; no da cuartel a nadie; ningún veto, procedente de la Iglesia o de la realeza, es capaz de detenerle; detrás de él, como detrás de los filibusteros, quedan las iglesias profanadas, los santuarios violados, los sentimientos escarnecidos, las creencias asesinadas, los rebaños de la moralidad dispersos y un horizonte en llamas, como monstruoso faro de osadía y de fuerza. Pero nunca vuelve la vista hacia atrás, ni para regocijar­se con lo que deja, ni para gozarse en su posesión; su fin, lo que persigue, es lo desconocido, lo ignoto a inexplo­rado, es el infinito; su único placer es ejercer el poder, «sacudir la somnolencia» Continuamente apareja su nave para nuevas aventuras, libre, sin creencia alguna, sin pa­tria, hermano de la inquietud y amante de lo infinito. Es­pada en mano y con el barril de pólvora a sus pies, aleja su nave de la costa y, solo ante los peligros, canta para sí mismo, en honor suyo, su magnífico canto del pirata, si canto de fuego, su canto del destino:

Sí, ya sé de dónde vengo; como la llama insaciable me consumo; todo lo que tocan mis manos se vuelve luz y lo que arrojo no es ya más que carbón. Seguramente soy una llama…

Stefan Zweig – La lucha contra el demonio

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3 pensamientos en “El Don Juan del conocimiento

  1. Aurora Luna dice:

    Brillante Stefan Zweig 🙂

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