Pedro Abelardo

ELOISAYABELARDO1

“La figura de Pedro Abelardo vuelve a recuperar hoy el perfil exacto que tuvo en su tiempo. Desenterrado del olvido por el romanticismo sentimental, que hizo de él uno de los grandes amantes, su figura aparece hoy como uno de los grandes humanistas, pensadores, dialécticos y teólogos del siglo XII, […] Plenamente inmerso en su siglo, lo rebasa y lo hace avanzar, dándonos la imagen del intelectual, el humanista, el teólogo original e independiente. La imagen romántica de Abelardo va dando paso a la del intelectual provocador e innovador incómodo, lógico sutil y maestro lúcido, siempre en la palestra de las ideas.”[1]

Pedro Abelardo nació en un pueblo llamado Le Pallet, en el ducado de la actual Bretaña francesa. Nacido en el seno de una familia de guerreros, su padre Berengario, quiso que sus hijos siguieran sus pasos. Sin embargo Abelardo, aficionado desde joven al estudio renunció a una vida militar. En palabras de Abelardo[2]: “abandoné el campo de Marte para ser arrastrado hacia los seguidores de Minerva. Y antepuse la armadura de las razones dialécticas a todo otro tipo de argumentación filosófica. Con estas armas cambié las demás cosas, prefiriendo los conflictos de las disputas a los trofeos de las guerras”.

Su formación comienza con el estudio de las siete artes liberales: primero el trivium (gramática, retórica y dialéctica) y después el quadrivium (geometría, aritmética, astronomía y música) con Thierry. Fue este el comienzo del recorrido de Abelardo por diversas ciudades buscando la enseñanza de los más reconocidos maestros. Se sabe que su conocimiento sobre el griego es casi nulo, y todo lo que conoce sobre autores griegos proviene de las traducciones latinas que habían en Occidente. Desde el principio podemos ver su vocación por la dialéctica que le disponían a aplicar las reglas de la lógica a todos los campos del pensamiento. Sus primeros combates dialécticos fueron contra sus propios maestros Roscelino de Compiègne (en Santa María de Loches) y Guillermo de Champeaux (en la escuela catedralicia). La discusión con este segundo le llevó a ganarse la enemistad de éste y la de sus discípulos teniendo que abandonar su la escuela.

Entonces llega a Melun donde, pese a su juventud, abrió su propia escuela, tras el éxito alcanzada con ella se traslada a Corbeil, localidad más cercana a París. En 1113 deja París para dirigirse a Laon a estudiar teología con el maestro Anselmo de Laon, el encuentro con este gran maestro no pudo ser más decepcionante. Tras dejar Laon regresa a París, en 1114, donde fue nombrado rector y maestro de la escuela catedralicia de Notre-Dame, donde con sus clases de teología y filosofía gano la admiración de todos los estudiantes.

Este brillante periodo de la vida de Abelardo concluye cuando conoce al que será el amor de su vida, Eloísa, una joven y hermosa muchacha de apenas diecisiete años, sobrina de Fulberto, canónigo de la catedral de Notre-Dame. Su siguiente paso sería: “Pensé que podía hacerla mía, enamorándola. Y me convencí de que podía lograrlo fácilmente (…) era tal entonces mi renombre y tanto descollaba por mi juventud y belleza que no temía el rechazo de ninguna mujer a quien ofreciera mi amor”. Ofreció a Fulberto, que era su tío y tutor, dar lecciones privadas a su sobrina. Fulberto aceptó de inmediato debido al gran reconocimiento que Abelardo tenía entonces. Pero las clases fueron muy distintas a lo que Fulberto esperaba: “Con pretexto de la ciencia nos entregábamos totalmente al amor. Y el estudio de la lección nos ofrecía los encuentros secretos que el amor deseaba. Abríamos los libros, pero pasaban ante nosotros más palabras de amor que de la lección. Había más besos que palabras. Mis manos se dirigían más fácilmente a sus pechos que a los libros”. Sin embargo, estos días de amor y pasión acaban cuando Fulberto los descubre y expulsa a Abelardo de su casa. Poco tiempo después Eloísa comunicaría a Abelardo que estaba embarazada y juntos huyen a Le Pallet, instalándose en la casa de su hermana, donde Eloísa dio a luz a un hijo al que llamaron Astrolabio. Varios meses después Abelardo decide volver a París para presentarle sus disculpas a Fulberto y proponerle un acuerdo, por el cual se compromete a contraer matrimonio con Eloísa, para salvar la honra. Idea que en primer momento fue rechazada por Eloísa temiendo que la carrera y el prestigio de Abelardo se resintieran por ello, dado que en el mundo académico de la época el matrimonio se consideraba como algo vulgar. Aun así, finalmente, contrajeron matrimonio en secreto, para evitar habladurías Eloísa decide recluirse como novicia en el monasterio de Argenteuil, a las afueras de París. Fulberto, al enterarse de esto, creyendo que todo había sido un engaño de Abelardo y que trataba de librarse de Eloísa estalla en cólera y decide vengarse de Abelardo y envió a unos hombres a la posada donde se hospedaba para darle un escarmiento que consistió en la castración. Al día siguiente este hecho era noticia en toda la ciudad, y aunque los individuos fueron apresados y se les arrancaron los ojos y sus partes, Abelardo no encontró consuelo en ello. El mismo afirmó que el orgullo le dolió más que la herida y abochornado y humillado decide retirarse al monasterio de Saint-Denis. Eloísa, por su parte, hizo lo mismo en el monasterio de Argenteuil.

Tiempo después, reanuda sus clases desde Saint-Denis, pero también comienza una nueva polémica a raíz de uno de sus tratados (De unitate et trinitate divina) que trataba sobre el dogma trinitario: “Lo compuse a requerimiento de los alumnos mismos que me pedían razones humanas y filosóficas, que se entendieran mejor que se expresaran. Me decían que es superfluo proferir palabras a las que no sigue la compresión o la inteligencia. Ni se puede creer nada si antes no se entiende.” El libro fue condenado y tuvo que ser quemado de manos del propio Abelardo en el Concilio de Soissons de 1121 debido a que su explicación les pareció errónea a los teólogos del Concilio. Abelardo, por su parte, fue recluido en el monasterio de San Medardo (en Soissons), desde donde poco después fuera enviado a Saint-Denis, del que tiene que huir por discrepancias con los propios monjes del monasterio.

Buscando asilo, Abelardo, decide retirarse esta vez a una pequeña ermita cercana a Troyes donde, seguido por sus estudiantes, funda una escuela llamada Paráclito. En 1125 fue elegido abad por los monjes de Saint-Gildas-de-Rhuys, en la Bretaña más occidental, pero de nuevo surgen discrepancias con los monjes que hacen que se vaya del monasterio. En 1129 regresa al Paráclito donde funda un monasterio de religiosas con la aprobación de Inocencio II en 1131 y del cual hizo abadesa a Eloísa. Durante esta época escribe la Historia calamitatum su autobiografía, además de mantener correspondencia con Eloísa que dará lugar a la leyenda romántica que surge de ambos.

En 1136, Abelardo, vuelve a París, al monte de Genoveva, donde reanuda sus clases y sus escritos. Se recupera la mejor versión de Abelardo, quien consigue de nuevo atraer una multitud ingente de estudiantes, como la figura de Juan de Salisbury, pero a su vez surgen nuevas polémicas y antiguos conflictos con sus enemigos, que no descansaron hasta verlo condenado. Poco después llegaría el final de su carrera cuando de la mano de Guillermo de Saint-Thierry llega una carta a Bernardo de Claraval y al obispo de Chartres, señalando los errores trinitarios que estaban contenidos en los dos últimos tratados teológicos realizados por Abelardo (Theologia christiana y Theologia scholarium). Estos promovieron una campaña de descredito contra Abelardo que concluyó con su condenación en el Concilio de Sens de 1140, en el que se le acusó de herejía. Entonces se puso de camino a Roma,  para apelar al papa en persona, pero estando en Lyon se enteró de que el papa había confirmado la sentencia. En este momento se retira a la abadía de San Marcel, donde moriría, a los sesenta y tres años, en abril de 1142. Finalmente, fue sepultado en el monasterio del Paráclito, a petición de Eloísa, la cual moriría y sería sepultada junto a él veinte años después.


[1] Tanto esta pequeña introducción como algunos de los datos biográficos están tomados del Estudio preliminar de Pedro R. Santidrián sobre: Abelardo, Pedro: Ética o Conócete a ti mismo, Editorial Tecnos, Madrid, 2002.

[2] Las citas son parte de su Historia Calamitatum tomadas de la versión hecha por el autor de las Cartas de Abelardo y Eloísa, Alianza, Madrid.

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