Epicureísmo: una forma de vida

Epicuro compró una casa con un pequeño terreno a las afueras de la ciudad de Atenas que denominó el ‘Jardín’ (kêpos). El Jardín era en realidad un huerto, un lugar ameno donde conversar y tener recreativas vivencias. En la escuela se elaboraban los escritos que luego se publicarían, poseía una biblioteca que constituía la parte esencial de la escuela. El Jardín proporcionaba un retiro para la vida intelectual de ese círculo de amigos y discípulos que giraba en torno a la figura de su maestro Epicuro. En esta escuela se admitían personas de todas las clases sociales, incluso mujeres, algo insólito para para una escuela filosófica, pero sobre todo algo más sorprendente es que se admitían esclavos. El sistema filosófico de Epicuro no constituyó un eclecticismo intelectual, sino una auténtica actitud personal que era la respuesta práctica a experiencias que buscaban el camino para alcanzar la felicidad y la confianza en los hombres.

En cuanto a la obra, Epicuro escribió unos trescientos rollos de papiro, que incluyen treinta y siete tratados sobre física y numerosas obras sobre el amor, la justicia, los dioses y diversos temas más, de las que sólo nos han llegado breves fragmentos. De lo mejor que se conserva encontramos algunas cartas prácticamente íntegras, la más conocida y que muestra la mayor parte de su pensamiento es la Carta a Meneceo.

El epicureísmo nacido de la figura de Epicuro nos muestra un movimiento filosófico que defiende la búsqueda de una vida buena y feliz mediante la administración inteligente del placer y la ausencia de dolor, pero siempre de una manera racional, a través de un cálculo de placeres, y los vínculos de amistad entre sus componentes. Para Epicuro el mayor placer es no sentir perturbaciones en el alma.

La filosofía no es un saber teórico, sino fundamentalmente práctico, una forma de vivir. La prudencia es condición necesaria para alcanzar la felicidad, porque es la que permite eliminar el dolor, cuando sea posible y elegir entre los diversos placeres el que sea más beneficioso. El sabio será aquel hombre que lleve una vida feliz, no el que corra tras un ideal teórico; es el arte de vivir una felicidad constante frente a los que llevan una vida dedicada a la investigación y a teorizar sin pararse a meditar en el verdadero fin del existir humano. Este movimiento rechaza la idea de inculcar en los hombres virtudes basadas en la competición o los premios, ya que la fama o el poder político no proporcionan la verdadera felicidad, por ello se deben abandonar para alcanzar la vida feliz, de esta manera, se produce así un rechazo a la moral tradicional. El hombre que trata de conseguir poder y riquezas, es fruto de unos deseos vanos, que no son ni naturales ni necesarios, hay que huir de lo vano y lo fatuo.

El sabio feliz es el autosuficiente, el que posee la autarquía, el dominio sobre sí mismo, este será el auténtico camino a la felicidad. Este autodominio también le permitirá convivir en la ciudad y al mismo tiempo estar alejado. El individuo necesita un auténtico conocimiento de la realidad para así liberarse de las falsas opiniones, y esto no quiere decir que la máxima felicidad se alcance con el saber, sino que éste será el instrumento necesario para alcanzar la felicidad.

El sistema filosófico del epicureísmo se divide en tres:

Canónica: trata de los criterios necesarios para discernir la verdad del error, es la parte de la filosofía que examina la forma en la que conocemos y la manera de distinguir lo verdadero de lo falso. Según Epicuro, la sensación es la base de todo el conocimiento y se produce cuando las imágenes (eídola) que desprenden los cuerpos llegan hasta nuestros sentidos. Ante cada sensación, el ser humano reacciona con placer o con dolor, dando lugar a los sentimientos o las afecciones (páthe), y serán el material con el que construiremos nuestra vida moral. Cuando las sensaciones se repiten una y otra vez se van grabando en la memoria y forman así lo que Epicuro denomina prólepseis, que nos permitirá anticiparnos a las experiencias posteriores. Para que las sensaciones constituyan una base adecuada, éstas tendrán que estar dotadas de claridad (enárgeia) suficiente para poder ser admitidas como válidas, pues de cualquier otro modo nos podrán conducir a errores. Diógenes Laercio, menciona un cuarto proceso de conocimiento, refiriéndose a los epicúreos, que serían las proyecciones imaginativas, por las cuales podemos concebir o inferir la existencia de elementos como los átomos, aunque éstos no sean captados por los sentidos.

La física: la segunda parte de la filosofía epicúrea es la física que nos mostrará cómo está constituido ese mundo sensible y sus leyes básicas, a diferencia de la canónica que nos mostraba los principios que rigen nuestro modo de conocer la realidad. Epicuro desarrolla un gran planteamiento basado en la teoría atomista de Demócrito, que dice que toda la realidad está formada por dos elementos fundamentales. Por un lado tenemos los átomos, que tienen forma, extensión y peso, y por otro el vacío, que no es sino el espacio en el cual se mueven esos átomos. En la Carta a Heródoto se exponen unos principios fundamentales como: nada nace de la nada, el todo es eterno e inmutable; los átomos son eternos, permanentes e inmutables; el mundo no se originó del caos sino que todo fue siempre como es ahora; la percepción verdadera es a través de los sentidos; la naturaleza de los cuerpos celestes no es distinta a la de nuestro mundo; el alma es mortal pues está compuesta por átomos (especiales) y por lo tanto es corpórea y desaparece junto con el cuerpo tras la muerte, Epicuro tratará de eliminar así la creencia acerca del más allá. Los distintas cosas que hay en el mundo son el resultado de las distintas combinaciones de átomos, e incluso el ser humano, no es sino un compuesto de átomos. Como he comentado esta concepción atomista esta basada en el atomismo de Demócrito pero Epicuro modifica la teoría de éste pues no acepta el determinismo que el atomismo conllevaba en su forma original. Para cambiar la teoría introduce el azar en el movimiento de los átomos, para que no fuera producto de la causalidad y con ello lograr una mayor libertad.

La ética: una de las características de la doctrina epicúrea es la subordinación de todo su sistema filosófico a conclusiones de carácter moral, que expone de manera clara en dos textos que nos han llegado hasta nosotros que son: la Carta a Meneceo y las Máximas Capitales. La ética epicúrea tiene como objetivo, para quien vive conforme a ella, conseguir la felicidad a través de la autonomía o autarquía y la tranquilidad del alma o ataraxia, que es la ausencia de la perturbación del alma. Esta ética es teleológica cuyo fin es la felicidad, objetivo de todo ser humano, en este sistema la felicidad es entendida por placer (ausencia de dolor). Epicuro también defiende la idea de que la filosofía debe interesar a cualquier persona, independientemente de su condición social, sexo o edad.

Uno de los aspectos fundamentales de la filosofía de Epicuro, es conseguir el placer evitando el dolor, el cual relaciona intrínsecamente con el miedo y contra ello Epicuro expone un Tetrafármaco o medicamento contra los cuatro miedos más generales: no hay que temer a los dioses, no hay que temer a la muerte (mientras nosotros vivimos no ha llegado y cuando ha llegado ya no vivimos), no hay que temer al dolor y no hay que temer al fracaso en la búsqueda del bien. Dentro del marco de la teoría epicúrea lo más importante era la amistad porque su adquisición será lo que mayor placer y felicidad dará a nuestra vida. Epicuro no era ateo pero entendía que los dioses eran seres demasiado alejados de los humanos y que no se preocupaban de ellos por lo tanto no hay que temerles.

La Carta a Meneceo es una de las tres cartas que se conservan íntegras de Epicuro, a su vez, es la más breve, la más clara y la mejor elaborada estilísticamente. En primer lugar Epicuro realiza una invitación a la filosofía, está invitación esta dirigida tanto a jóvenes como a mayores, ‘que nadie, mientras sea joven, se muestre remiso en filosofar, ni, al llegar a viejo, de filosofar se canse’. Epicuro nos enseña que la filosofía no puede estar limitada por la edad, pues nadie es joven o viejo para la salud del alma, el que dice que no tiene edad para filosofar, es como el que dice que no es momento para la felicidad, ya que la filosofía es el camino por el cual se alcanza la felicidad y no se le puede poner límites a la felicidad. De este modo, Epicuro nos muestra que filosofar ya no será algo de la madurez que se alcanza al final de una vida consagrada al estudio y la contemplación sino que es una actividad, un modo de curar las enfermedades del alma y conseguir la felicidad, objetivo del hombre.

Seguidamente, Epicuro establece los principios del tetrafármaco, remedio para los temores del alma, los cuales eran: miedo a los dioses, miedo a la muerte, miedo al dolor y miedo al fracaso en la búsqueda del bien. Epicuro tras una invitación a filosofar trata de convencernos de que los temores que habitan nuestra alma deben ser evitados.

Para ello nos expone los motivos por los cuales no hay porqué preocuparse de estos temores:

El primer temor del que nos habla es sobre el temor a los dioses, es evidente, que Epicuro no es ateo y cree en la existencia de los dioses.  En esta obra considera a la divinidad como un ser incorruptible y dichoso, hay que tener en cuenta al pensar en ellos las características de inmortalidad y felicidad y que la opinión que se posee pensando en ellos es errónea, Epicuro escribe: ‘no es impío quien reniega de los dioses de la multitud, sino quien aplica las opiniones de la multitud a los dioses, ya que estas son intuiciones…’. Para Epicuro es absurdo temer a los dioses, pues estos viven felices alejados de los hombres y viven sin preocuparse para nada de los hombres y mucho menos piensan en premiar o castigar a los hombres. Como consecuencia de este sentencia queda reflejado que los dioses no intervienen en el destino de los hombres y por tanto queda negada así la providencia. Por tanto, para Epicuro, el único motivo de la existencia de los dioses es servir como modelos a imitar por los hombres.

Consecutivamente, sigue hablando del segundo temor, el miedo a la muerte, para ello enuncia: ‘acostúmbrate a pensar que la muerte para nosotros no es nada, porque todo bien y todo mal residen en las sensaciones, y precisamente la muerte consiste en estar privado de sensación […] mientras vivimos (la muerte) no existe, y cuando está presente nosotros no existimos, así pues, la muerte no es real ni para los vivos ni para los muertos, ya que está lejos de los primeros y, cuando se acerca a los segundos, éstos han desaparecido’. Epicuro considera que el temor a la muerte es el mayor mal de los hombres y mientras no se libren de este temor no llegarán a conseguir la felicidad, no podemos evitar la muerte, pero lo que si está a nuestro alcance es que su sólo pensamiento no nos cause temor, el hecho de que la muerte no sea nada para nosotros debe hacernos agradable la mortalidad de la vida. Epicuro también considera absurdo aquellos que sienten temor no al hecho de la llegada de la muerte, sino que pensando en ella sienten dolor, ante esto argumenta que: ‘aquello cuya presencia no nos perturba, no es sensato que nos angustie durante su espera’. El sabio debe considerar que el vivir sea un mal ni considera que la muerte lo sea, se debe disfrutar de los placeres agradables, buscando el más intenso placer. Además sobre este punto, Epicuro trata de eliminar la creencia popular acerca del más allá.

Epicuro hace una distinción entre los distintos deseos según sean: deseos naturales y necesarios que son aquellos que hacen referencia inmediata a la supervivencia y causan dolor si no son saciados de inmediato como comer o beber; los deseos naturales y no necesarios son aquellos que no surgen como reacción al dolor, de los cuales no depende nuestra supervivencia, sino que son aquellos que se limitan a producirnos placer o una variación del placer como el acto sexual; por último, encontramos los deseos que no son naturales ni necesarios que son aquellos que no surgen como reacción al dolor, ni como una variación o diversificación del placer sino que son el producto de la mera opinión, éstos son los deseos de honores, riqueza, poder  o gloria, son antinaturales e innecesarios y lejos de ayudar a conseguir la felicidad a los hombres, les crean angustias e infelicidad. Teniendo en cuenta esta clasificación, Epicuro propone que se deben conocer bien estos deseos para poder realizar elecciones correctas para la salud del cuerpo y la tranquilidad del alma, ya que éste es el objetivo para alcanzar la felicidad, ‘no sufrir ni sentir turbación en el alma’. También expone que el placer es necesario cuando su ausencia nos causa dolor, pero cuando no sentimos dolor, tampoco se debe sentir la necesidad del placer. Para ello el ser humano ha de realizar un cálculo de placeres y saber en cada momento lo que el alma y el cuerpo desean y sea buena para ambos, pues el placer es el principio y fin de una vida feliz.

Puesto que nos encontramos ante una teoría teleológica, donde encontramos el placer como fin último, esto implica una continua elección de los placeres y bienes para nuestro cuerpo y alma. A veces debemos renunciar a muchos placeres cuando de ellos se sigue un mal mayor y, a su vez, muchos dolores deben ser considerados preferibles a los placeres si de ellos obtenemos un mayor placer. Cada placer es considerado, por su propia naturaleza, un bien, pero hay que alejarse de elegirlos todos y sobre todo evitar los excesos. Hay que analizar las ganancias y los perjuicios que puedan generar el placer y el dolor. Tras esto cita algunos ejemplos como la autarquía o cómo el alimentarse bien, que nos los muestras como una manera de comedirse.

Posteriormente, advierte que el placer que el epicureísmo tiene como fin no es el de los disolutos o los crápulas, esto sería una mala interpretación que realizan aquellos que desconocen la doctrina epicúrea, sino que el placer epicúreo es identificado con la ausencia de dolor en el cuerpo y la no turbación en el alma. Epicuro identifica el bien máximo como el juicio, pues nos enseña que no existe una vida feliz si que sea al mismo tiempo juiciosa, bella y justa, ni es posible vivir con prudencia, belleza y justicia, sin ser feliz. En el final de la Carta a Meneceo, Epicuro dicta que estos consejos deben ser meditados día y noche, para así nunca sentir perturbación, viviendo, por el contrario, como un dios entre los hombres.

Para una persona especial, un amigo.

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