Sócrates

Sócrates nació en torno al 470 a.C. Sus padres fueron Sofronisco y Fenaretes, de la tribu antióquida y del demo de Alópeke. Su padre se dice se dedicó a labrar la piedra, mientras que su madre era comadrona. Lo cierto es que Sócrates tuvo que pertenecer a una familia no muy pobre, pues durante su vida sirvió varias veces en el ejército en la calidad de hoplita, y para prestar tal servicio hubo de heredar un patrimonio suficiente. Su comportamiento en combate fue excepcional.

Cuando Sócrates andaba por sus veinte años, las corrientes de pensamiento tendían a desviarse de las especulaciones cosmológicas de los jonios y se orientaban hacia el hombre mismo, pero parece cierto que Sócrates comenzó estudiando las teorías cosmológicas orientales y occidentales. Afirma Teofrasto que Sócrates fue miembro de la escuela de Arquelao, sucesor de Anaxágoras en Atenas. En todo caso, a Sócrates le decepcionó ciertamente Anaxágoras. Tras este desengaño Sócrates decidió seguir sus propios pasos y abandonó el estudio de la filosofía natural, que al parecer no le conducía a ninguna parte.

El acto que produjo el cambio definitivo en el camino de Sócrates fue debido al incidente del oráculo de Delfos. Estando un día Sócrates y su amigo Querefonte ante el oráculo, este le preguntó al oráculo si había algún hombre vivo que fuese más sabio que Sócrates y recibió la respuesta de que ‘No’. Esto le hizo a Sócrates pensar, y sacó la conclusión de que el dios quería dar a entender que él era el hombre más sabio porque él reconocía su propia ignorancia. Concibió entonces que su misión consistía en buscar la verdad segura y cierta, la verdadera sabiduría.

En el año 406 a. C. Sócrates demostró su categoría moral rehusando acceder a que los ocho generales que debían ser procesados por su negligencia en las Arginusas fuesen juzgados a la vez, ya que esto era ilegal y estaba calculado para provocar la sentencia más dura. Sócrates era entonces miembro de la Junta del Senado. Su valor moral lo ejemplificó una vez más cuando no quiso obedecer la orden de los Treinta, en 404 – 403 a.C., de que tomase parte en el arresto de León de Salamina, a quien los oligarcas trataban de condenar a muerte para poder confiscar sus propiedades. Deseaban sin duda implicar en sus actos el mayor número posible de ciudadanos eminentes, con vistas al día en que tuviesen que rendir cuentas. Pero Sócrates se negó a cooperar en sus crímenes, y habría pagado probablemente con su vida si no hubiesen caído los Treinta.

En 400 – 399 a.C., Sócrates fue llevado a juicio por los dirigentes de la democracia restaurada. Anitos, el político que actuaba desde el trasfondo, instigó a Melitos a sostener la acusación. Ésta, hecha ante el tribunal del arconte-rey, acusaba a Sócrates de: primero, de no honrar a los dioses que honra la ciudad, por introducir nuevas y extrañas prácticas religiosas; y segundo, de corromper a los jóvenes. El segundo cargo era en realidad la acusación de fomentar entre los jóvenes un espíritu de crítica con respecto de la democracia ateniense. El acusador pedía por ello la pena de muerte para Sócrates.

En el juicio de Sócrates los acusadores supusieron que Sócrates marcharía voluntariamente al destierro sin esperar a ser procesado, pero él no lo hizo así. Se quedó para el proceso y se defendió a sí mismo ante el tribunal. En aquel juicio Sócrates podría haber sacado mucho más partido a sus servicios en el ejercito o a sus conocidos que ostentaban altos cargos, pero se limitó a exponer los hechos. Fue condenado a muerte por una mayoría de 60 o 66 votos de un jurado compuesto por 500 miembros. Dependía entonces de Sócrates el proponer la conmutación de la pena de muerte por otra, y era obvio que la actitud debía de ser de proponer un castigo de bastante importancia. Sin embargo, Sócrates en vez de pedir el destierro (castigo que hubiese sido aceptado indudablemente), propuso que se le diera una ‘recompensa’ digna de él y que fuera alimentado gratis en el Pritaneo y todo ello sin tratar lo más mínimo de influir en el jurado, como era costumbre, introduciendo allí a su mujer (Jantipa) y sus hijos.

Al jurado le irritó el cabal comportamiento de Sócrates, y la sentencia de muerte de dio por mucha más mayoría que la que le había declarado culpable. La ejecución hubo de ser demorada cerca de un mes entero, para esperar el retorno del ‘navío sagrado’ de Delos (que se enviaba en memoria de la liberación de la Ciudad, por Teseo, del tributo de los siete muchachos y doncellas impuesto por Minos de Cnossos); había bastante tiempo para organizar una evasión, y de hecho los amigos de Sócrates tramaron una, pero Sócrates se negó a valerse de tan buenos ofrecimientos, afirmando que tal proceder sería contrario a sus principios. El último día de la vida de Sócrates es retratado por Platón en el Fedón.

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